Las fiestas no son un detalle en la política. Son un momento de verdad. Ahí, cuando el poder se relaja, el discurso queda expuesto a sus propios contrastes.
Por eso el señalamiento de Marcelo Casaretto contra Rogelio Frigerio no incomoda por quién lo dice, sino por lo que deja al descubierto.
Casaretto acusó al gobernador de mentiroso y sostuvo que habría difundido reels “como si” estuviera recorriendo rutas entrerrianas, cuando en realidad ya se encontraba en Madrid para pasar las fiestas.
Un escenario bien europeo, de comodidad y privilegios, frente a un mensaje cuidadosamente construido para transmitir cercanía y normalidad local. No es el viaje lo que está en discusión: es la puesta en escena.
El contraste es brutal. Mientras el discurso oficial insiste en austeridad, esfuerzo y fin de privilegios, la fiesta aparece del otro lado del Atlántico, con todo lo que ese gesto simboliza en un contexto social áspero.
Y si además se sugiere que hubo una construcción deliberada de apariencia —parecer en Entre Ríos estando en Madrid— el problema deja de ser estético para volverse político: la credibilidad.
Casaretto, claro, no es ningún héroe. Su trayectoria está lejos de representar un modelo de sobriedad o vida austera. Pero justamente ahí reside la ironía más incómoda para Frigerio: hasta alguien como Casaretto le levanta el velo.
No porque tenga autoridad moral, sino porque el contraste ya es visible, porque el blindaje simbólico empieza a fallar y porque la escena se vuelve demasiado evidente para seguir siendo ignorada.
Las fiestas funcionan como lupa. Amplifican gestos, exageran distancias y dejan una pregunta flotando: ¿el sacrificio es para todos o solo para algunos? Frigerio construyó poder prometiendo terminar con los privilegios.
El riesgo ahora no es una estadía en Madrid, sino que empiece a instalarse la idea de que el discurso va por un carril y la vida del poder por otro. Y cuando esa idea prende, no hay reel que alcance para taparla.






















