El segundo encuentro de la Liga de Concejales Justicialistas de Entre Ríos, realizado en Concordia, dejó una imagen imposible de disimular: la convocatoria ya no empuja, se achica. Quizas muchos advirtiendo que no es mas que una puesta en escena de los concejales de ROMERO, GOMEZ, ELIZAR y MINNI que busacan sus chances de repetir en una banca que tiene contratos, asesores, privilegios muy distintos del resto de los ediles entrerrianos.
Lo que había querido mostrarse como un espacio en crecimiento empezó a exhibir, demasiado pronto, señales de desgaste, pérdida de interés y una merma visible que golpea de lleno su pretensión de convertirse en una referencia política real dentro del peronismo entrerriano.
La noticia ya no pasa por el parte de prensa, ni por la épica de ocasión, ni por los discursos de circunstancia. La noticia es otra: en apenas su segundo encuentro, la Liga mostró menos volumen, menos entusiasmo y menos fuerza. Y cuando un armado político empieza a perder densidad antes de afirmarse, el problema no es de comunicación sino de subsistencia.
En política hay gestos que dicen más que cualquier documento. Una reunión que convoca menos que la anterior, un clima más frío, una presencia más raleada y una necesidad cada vez mayor de sostener el relato para tapar la realidad son señales de un proceso que, lejos de consolidarse, empieza a insinuar su retroceso. Lo que debía ser una construcción ascendente empieza a parecerse demasiado a una experiencia que se va apagando antes de tiempo.
La merma no es un dato menor. Es el síntoma de algo más profundo: la dificultad de transformar una foto inicial en una herramienta política duradera. Porque una cosa es lanzar un espacio con entusiasmo y otra muy distinta sostenerlo en el tiempo, darle contenido, musculatura territorial, regularidad y sentido estratégico. Cuando eso no aparece, lo que queda es una estructura débil, dependiente del esfuerzo de unos pocos y cada vez más cerca de volverse irrelevante.
Por eso, más que mostrarse como un ámbito en expansión, la Liga empieza a dar la impresión de estar transitando el camino inverso: del entusiasmo a la dispersión, de la novedad al desgaste, y del intento de instalación al riesgo concreto de desaparecer. No por un ataque externo, sino por una dinámica mucho más letal: la pérdida paulatina de interés de los propios.
Si el segundo encuentro ya dejó esa señal, el problema no es sólo la merma de asistentes, sino la proyección que esa merma anticipa. Porque cuando un espacio político empieza a vaciarse tan temprano, lo que asoma no es una pausa: es un principio de disolución.
Y tal vez allí esté el dato de fondo. La Liga de Concejales justicialistas no enfrenta hoy un problema de agenda, sino de supervivencia. Si no logra revertir rápido esa curva descendente, dejará de ser un intento de articulación para convertirse en otra experiencia fugaz del peronismo entrerriano: una de esas que arrancan con pretensiones de protagonismo y terminan perdiéndose en la nada.
Como gesto de honestidad política, quizás ya deberían asumirlo: antes que seguir simulando fortaleza en reuniones cada vez más deslucidas, sería más práctico organizar un Zoom. Al menos así la retirada sería menos costosa y bastante más sincera.























