La Caldera

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El bustismo vuelve al kilómetro cero: planea recapturar Concordia

El bustismo vuelve al kilómetro cero. Vuelve a Concordia. Y no vuelve para saldar cuentas con el pasado ni para hacerse cargo del desastre social que dejó. Vuelve para recapturar. Porque Concordia, para ese método de poder, nunca fue una ciudad a desarrollar: fue un territorio a administrar.


La entrevista de Florencia Busti lo dice sin decirlo. “Comenzar por Concordia”. La frase parece inocente, pero es brutalmente precisa. Concordia fue el punto de partida del bustismo en 1983, cuando Jorge Busti llegó a la intendencia, y desde allí proyectó la gobernación en 1987. Ese trayecto no fue sólo una carrera política: fue la fundación de un régimen. Un modo de conducir, de cerrar, de disciplinar, de repartir y de callar que terminó moldeando a toda la dirigencia del PJ entrerriano.


El resultado está a la vista y no admite discusión: Concordia fue condenada a la pobreza. Pasó de ser una ciudad pujante a convertirse en emblema nacional del atraso social. Y no por una crisis puntual, ni por mala suerte, ni por gobiernos ajenos. Fue el producto de cuarenta años de hegemonía política basada en un mismo método: aparato en lugar de proyecto, dependencia en lugar de desarrollo, control en lugar de democracia interna.


Ese método es lo que llamamos bustismo. No como apellido, sino como forma de Estado. Una forma que luego copiaron, perfeccionaron o maquillaron todos los desprendimientos del PJ oficial. Urribarri fue bustismo con épica y ostentación. Bordet fue bustismo prolijo, administrativo, silencioso. Distintos estilos, misma lógica. Cambiaron los nombres, no el sistema.


Y ese sistema tuvo un eje central: la corrupción como estructura, no como desviación. Lo “trucho” dejó de ser excepción para convertirse en regla. Contratos truchos, subsidios truchos, contabilidades paralelas, organismos capturados, cajas superpuestas, justicia funcional o paralizada. No como suma de escándalos, sino como modo regular de funcionamiento del poder. Un sistema pensado para recaudar, blindar y reproducir dirigencias.


Por eso la frase que se les escapa en el acto es tan reveladora: dirigentes con “un cartel luminoso indicando cuál era su precio”. Eso no es una anécdota moral. Es la definición exacta de la omertá del PJ entrerriano. No se calla por miedo: se calla porque conviene. Se calla porque el silencio paga. Se calla porque inspeccionar al otro rompe el pacto.


Ese pacto explica todo: por qué los mismos dirigentes sobreviven a todos los ciclos, por qué nunca son investigados de verdad, por qué pueden estar en el gobierno o en la oposición sin perder centralidad. Los que no fueron perseguidos, ni echados, ni marginados son precisamente los que respetaron el método. Son los albaceas testamentarios del bustismo. Administran la herencia sin discutirla.


Y el daño no se limitó al peronismo. El bustismo fue tan dominante que terminó portándose a la provincia entera. Cuando un régimen gobierna durante décadas, deja de ser un partido y pasa a ser clima. Por eso incluso quienes llegaron prometiendo cambio terminaron conversando, negociando o conviviendo con las mismas estructuras. No porque sean iguales, sino porque el sistema fue diseñado para absorberlos.


Concordia es el símbolo más cruel de todo eso. Fue usada como bastión, como caja política, como capital electoral. Mientras tanto, su tejido social se degradaba. La pobreza se administraba. La dependencia se organizaba. La política se cerraba. Y cuando la ciudad finalmente rompió ese control y dejó de responder automáticamente, el régimen reaccionó como sabe: volviendo al origen.
Por eso el bustismo vuelve a Concordia. No vuelve a escucharla. Vuelve a ordenarla. Vuelve a intentar reponer el control perdido. Vuelve al kilómetro cero porque ahí aprendió a mandar.


La conclusión no necesita grandilocuencia. Es simple y dura: si el método es el mismo, el resultado será el mismo. Recapturar Concordia no es un acto de memoria ni de justicia histórica. Es la tentativa de volver a poner en funcionamiento el sistema que la condenó.


Y mientras ese sistema siga intacto —con su omertá, sus cajas, su corrupción estructural y su dirigencia blindada— no hay homenaje que alcance, ni apellido que salve, ni relato que disimule lo esencial: Concordia no necesita volver al kilómetro cero del poder. Necesita salir, de una vez, de ese círculo que la empobreció.