Las redes sociales explotaron en las últimas horas con una serie de videos que muestran una violenta gresca en la zona de boliches del puerto de Victoria. En esas imágenes, que circularon de manera masiva, se observa un nivel de descontrol alarmante: peleas, corridas, caos y una escena que, según quienes difundieron el material, estuvo a centímetros de convertirse en tragedia cuando una mujer cayó o estuvo a punto de caer hacia la dársena. Hasta ahora no trascendió una versión oficial detallada sobre el episodio, ni tampoco explicaciones públicas sobre los controles en el lugar.
Lo grave no es solo la pelea. Lo verdaderamente escandaloso es la postal de abandono: una zona nocturna sin presencia visible de inspectores, sin control preventivo suficiente y, de acuerdo con los cuestionamientos que estallaron en redes, sin una respuesta estatal acorde al riesgo que implica concentrar multitudes al borde del agua. En una ciudad que promociona su perfil turístico, recreativo y festivo, y donde la actividad nocturna del sector costero forma parte de su identidad pública, el vacío de control resulta todavía más injustificable.
Después del carnaval, de la fiesta y de la postal vendible para el turismo, la gestión de Isa Castagnino parece haber dejado la zona puerto a la buena de Dios. Ese es hoy el señalamiento político de fondo: hubo promoción, hubo negocio, hubo noche, pero cuando tocó garantizar orden, prevención y presencia del Estado, lo que quedó expuesto fue una peligrosa ausencia. Y en Victoria ese dato no pasa inadvertido, sobre todo porque desde hace tiempo circulan cuestionamientos políticos sobre vínculos del poder local con el negocio del entretenimiento en esa zona, algo que vuelve todavía más delicada cualquier omisión oficial. Sobre ese punto, al menos en las fuentes públicas relevadas, no surge por ahora documentación concluyente que lo pruebe, pero sí un contexto de sospecha política que alimenta el reclamo ciudadano.
Castagnino no puede mirar para otro lado. Gobernar no es sacarse fotos con la temporada alta y desaparecer cuando llega la hora de controlar. Gobernar es evitar que una noche de alcohol, violencia y descontrol termine con un muerto. Esta vez no se lamentó una tragedia. Pero no fue por planificación, ni por prevención, ni por presencia del municipio. Fue, simplemente, porque no era el momento. Y cuando una tragedia no ocurre solo por azar, lo que existe no es gestión: es una zona liberada.

























