La foto de Marcelo Casaretto con Axel Kicillof, fogoneada por medios alineados con la conducción del PJ entrerriano, no parece parte de una construcción política seria sino de una maniobra de contención. Lo que se intenta no es ampliar, abrir ni representar un proceso nuevo, sino ponerle un tapón a un espacio que podría crecer por fuera del dispositivo que hoy controlan los sectores alineados con Guillermo Michel y Rosario Romero.
Ese es el dato político de fondo. Cuando una dirigencia no tiene liderazgo real, territorialidad propia ni capacidad de generar entusiasmo, recurre a la instalación forzada. Toma una foto, la repite, la infla y pretende convertirla en conducción. Pero esa operación no busca consolidar a Casaretto por sus méritos, sino usarlo como pieza de bloqueo: un nombre conocido, sin vuelo suficiente para disputar de verdad, pero útil para ocupar lugar, embarrar la cancha y evitar que emerjan otras referencias del peronismo entrerriano que no responden al armado de Michel y Romero.
La jugada es bastante transparente. En vez de permitir que en Entre Ríos se exprese con autonomía un espacio peronista más amplio, con volumen propio y sin obediencia automática a los referentes nacionales de Michel y Romero, lo que hacen es plantar candidaturas débiles para cerrar el paso. No buscan construir una síntesis. Buscan impedir una alternativa. No quieren una referencia potente. Quieren una referencia controlable.
Por eso la insistencia mediática resulta tan obscena. No están describiendo una realidad; están tratando de fabricarla antes de que aparezca otra. Saben que cuando un espacio empieza a moverse por afuera de la lapicera oficial, el primer reflejo del aparato es llenarlo de nombres prestados, figuras livianas y candidaturas infladas por portales amigos. Es la vieja política defensiva: si no pueden conducir lo que nace, intentan asfixiarlo antes de que crezca.
En ese esquema, Casaretto funciona menos como proyecto que como tapón. Lo empujan no porque enamore, traccione o represente una renovación, sino precisamente porque su perfil sirve para ocupar espacio sin desbordar, para bloquear sin construir, para congelar sin resolver. Y ahí está el problema para el peronismo entrerriano: una conducción que, en vez de animarse a discutir liderazgo de cara a la sociedad, prefiere administrar candidaturas de laboratorio para que nada cambie demasiado.
La foto, entonces, no muestra fortaleza. Muestra miedo. Miedo a que aparezca un peronismo con autonomía, con volumen y con capacidad de discutir el rumbo sin pedir permiso al dispositivo massista que hoy ordena buena parte de la conducción provincial. Y cuando una estructura política pasa de construir a taponar, de convocar a clausurar, de abrir a bloquear, lo que queda en evidencia no es su poder, sino su debilidad.






















