Después del escándalo que desató la app Ori, cuestionada por profesionales y sectores académicos por abordar una temática tan delicada como la salud mental sin validación científica pública independiente, Emanuel Gainza buscó refugio en una postal política elocuente: apareció junto a Luciano Filipuzzi, uno de los primeros dirigentes del universo peronista-universitario en saltar a las filas de Rogelio Frigerio. La foto no despeja dudas; las multiplica.
El problema para Gainza no es solamente comunicacional. Es político. Y antes que eso, es conceptual. Porque el lanzamiento de Ori no exhibió una política seria de prevención, acompañamiento o intervención en salud mental, sino más bien el reflejo de una lógica de marketing tecnológico aplicada sobre un terreno donde la improvisación puede ser gravísima. El propio Colegio de Psicólogos de Entre Ríos objetó la implementación por falta de consulta a profesionales, mientras que voces académicas y especializadas advirtieron sobre la “deshumanización” que implica robotizar la escucha en situaciones de crisis. Hasta el propio gobierno terminó reculando discursivamente: Gainza salió a aclarar que la herramienta “no reemplaza la consulta con un psicólogo”, una aclaración que llegó tarde, justamente porque el problema ya había quedado expuesto.
Dicho en criollo: primero largaron una herramienta delicadísima sin mostrar avales científicos, ni académicos, ni clínicos independientes; después, cuando llegaron las críticas, intentaron explicar que no era para tanto. Pero sí era para tanto. Porque cuando se habla de sufrimiento psíquico, de crisis, de riesgo suicida o de vulnerabilidad adolescente, no alcanza con ponerle un motor de inteligencia artificial a una app y presentarlo como innovación. Eso no es modernización: puede ser apenas una forma sofisticada de irresponsabilidad.
En ese contexto aparece la foto con Filipuzzi. Y ahí el mensaje de fondo es imposible de ignorar.
Luciano Filipuzzi no es un actor neutro ni una figura decorativa. En noviembre de 2022 quedó públicamente identificado como uno de los primeros dirigentes de extracción peronista en incorporarse a los equipos técnicos de Rogelio Frigerio, un movimiento que le valió críticas abiertas desde el PJ y lo convirtió en un símbolo de ese trasvasamiento de cuadros que Juntos por el Cambio necesitaba para legitimarse en territorios ajenos. No fue un salto menor ni silencioso: fue un fichaje político caro, temprano y visible.
Ese pase tuvo premio. En febrero de 2025, el propio Frigerio anunció la incorporación de Filipuzzi al área educativa, y quedó formalmente vinculado a la Secretaría de Articulación Educativa. El cargo, presentado como un espacio estratégico, terminó mostrando mucho más de la lógica de armado político que de resultados concretos de gestión. Meses después se oficializó su renuncia al salario de secretario mientras continuaba en la UADER, y ya en 2026 la propia estructura fue quedando vaciada hasta su cierre, en medio de críticas que la señalaron como una mala iniciativa.
Por eso la foto entre Gainza y Filipuzzi vale más por lo que sugiere que por lo que muestra. Ahí no hay debate urbano, ni programa de ciudad, ni una sola pista sobre qué Paraná imaginan. Lo que aparece es otra cosa: cobertura política, reciclaje de nombres, administración de vínculos, supervivencia dentro del poder. Filipuzzi, ex peronista hoy reciclado en el esquema frigerista; Gainza, golpeado por el papelón de Ori y necesitado de mostrar volumen político cuando su construcción no termina de afirmarse. La imagen parece decir: frente al desgaste, mejor una foto con alguien que ya cruzó de vereda, cobró por hacerlo y todavía conserva valor de uso.
Y hay un dato adicional que vuelve la escena todavía más reveladora. En el entorno político se repite desde hace tiempo que Frigerio no termina de querer a Gainza como candidato natural para la intendencia de Paraná. Si eso es así, entonces la aproximación a figuras como Filipuzzi no habla de fortaleza sino de necesidad. De la necesidad de blindarse, de no quedar solo, de moverse en una zona de no agresión donde conviven viejos peronistas reciclados, oficialistas sin territorio propio y operadores que entienden mejor la rosca que la gestión. En ese tablero, la foto funciona menos como lanzamiento y más como pedido de cobertura.
Y cualquier estudiante universitaria medianamente atenta podría advertir la maniobra con una claridad brutal: cuando un dirigente no puede defender con solvencia lo que hizo, se saca una foto para cambiar de tema. Eso fue exactamente lo que ocurrió. En lugar de explicar por qué se lanzó una aplicación sobre salud mental sin la legitimidad técnica indispensable, se buscó instalar una escena política. En vez de dar una discusión seria sobre políticas públicas, se apeló a una postal de conveniencia. En vez de hablar de la ciudad, se habló con la imagen.
La pregunta entonces no es sólo qué hace Filipuzzi al lado de Gainza. La pregunta es qué proyecto de Paraná puede surgir de dirigentes que, cuando tienen que elegir entre discutir ideas o acomodarse en la foto correcta, casi siempre eligen la foto.
Porque mientras Gainza intenta despegarse del escándalo de Ori, la ciudad sigue esperando respuestas concretas sobre transporte, planificación, servicios, seguridad urbana, desarrollo y convivencia. Y mientras Filipuzzi reaparece como pieza útil de un oficialismo que lo sostuvo pese al fracaso de su experimento en Educación, vuelve a quedar claro que en Entre Ríos muchas veces se premia más el pase político que la eficacia.
La escena, en definitiva, condensa una época. Un funcionario lanza una app sensible sin respaldo serio y queda expuesto. Un ex peronista convertido en fichaje de lujo del frigerismo, cuyo paso por la gestión educativa terminó desinflado, reaparece como socio de ocasión. Y detrás de ambos asoma la misma lógica: la política que esquiva el debate real y se refugia en acuerdos, gestos y supervivencia.
Paraná merece bastante más que eso. Merece dirigentes que se animen a decir qué ciudad quieren construir, cómo piensan hacerlo y con qué equipos. No funcionarios que improvisan con temas gravísimos y después pretenden tapar el papelón con una foto de ocasión.






















