Guillermo Michel quiso hacerse el profundo y terminó mostrándose soberbio. En su nota no arranca discutiendo una idea de Morchio sobre la AUH, retirandola a menores que delinquen: arranca descalificando, apelando a la categoría de los “ignorantes con iniciativa” para ubicar a su adversario en un escalón inferior antes de entrar al debate. Después remata con el resto del combo: “demagogia pura” y la acusación de buscar apenas “un título en las noticias”.
Pero lo más interesante no es sólo el tono, sino la elección del disfraz. Porque esa idea, en la política argentina, fue largamente asociada a Perón a través de una fórmula mucho más conocida y directa: “No hay peor cosa que un bruto con inquietudes”, frase que hoy sigue circulando de manera muy extendida como parte de su repertorio oral y político, aunque muchas veces sin fuente primaria precisa.
Y ahí Michel queda retratado. Siendo un dirigente que pretende hablar desde el peronismo, en vez de remitirse a Perón prefiere envolver su descalificación en Napoleón. No parece casual: hay dirigentes a los que les atrae más la pose del poder supremo que la incomodidad de la doctrina. Más la escena del pequeño emperador que la densidad de una tradición política real.
La pregunta entonces no es sólo por qué insulta. La pregunta es quién se cree que es para decidir quién puede opinar y quién no. Porque en democracia nadie tiene el monopolio de la inteligencia, ni el privilegio de repartir certificados de legitimidad desde una columna periodística. Las ideas se refutan con argumentos. Lo otro es vanidad.
Michel no escribió una nota para debatir. Escribió una nota para pararse por encima del resto. Y cuando un dirigente necesita tratar de ignorante al otro para parecer lúcido, lo que exhibe no es autoridad intelectual: exhibe ego, megalomanía y una notoria dificultad para convivir con el disenso. Eso, más que napoleónico, es apenas un gesto de soberbia de cabotaje.
























