En Entre Ríos el bustismo no es solo un recuerdo ni una línea interna del peronismo: es una forma de manejar el poder.
Un método. Una matriz.
Manejar las cajas, manejar la Justicia, manejar la prensa.
Si uno mira el mapa de hoy con un poco de memoria, la pregunta ya no suena tan loca:
¿y si el bustismo se reagrupara en 2027… de la mano de Rogelio Frigerio y Rosario Romero?
El método bustista: cajas, justicia y prensa
El bustismo siempre se construyó sobre tres patas.
Primero, las cajas.
La obra pública, los desarrollos inmobiliarios, los organismos de control convertidos en escribanías del poder. Ahí aparecen nombres como Miguel Marizza y los hermanos Tortul, protagonistas del desarrollo inmobiliario monstruoso de Paraná, torres y negocios que no se entienden sin la bendición política de turno. No es solo ladrillo: es lavado de influencia, blanqueo de favores, compra de silencios.
A esa mesa se sienta también el “mundo inmobiliario formal”:
la recientemente eyectada presidenta del Colegio de Corredores Inmobiliarios, Armándola, con lugar en los ámbitos donde se eligen jueces; y Alfredo Bel, funcionario de Frigerio, empleado del Senado de De Angeli y al mismo tiempo actor en la selección de magistrados, hombre del riñón de Rosario Romero. No son nombres sueltos: son las bisagras entre negocio, política y justicia.
Segundo, la justicia.
Busti entendió en los 80 que el poder real no estaba solo en la Casa de Gobierno.
Cuando el sistema era inquisitivo y el poder lo tenía la Sala Penal del Superior Tribunal, puso ahí a los suyos: Daniel Carubia, su socio del estudio juridico en CONCORDIA, y su abogada de confianza, Mizawak. Cuando el poder pasó a los fiscales, el bustismo se aseguró la jefatura del Ministerio Público: Jorge Amílcar García, procurador general, sigue siendo hasta hoy el gran filtro de lo investigable y lo que nunca va a llegar a expediente.
García es la continuidad de esa línea:
investigó a cuentagotas, eligió chivos expiatorios, jamás desarmó la matriz de corrupción bustista. Cuando tuvo que moverse, se concentró en causas acotadas –contratos, imprentas, algún negociado de papel– pero nunca metió el bisturí en serio en la obra pública, en Vialidad, en el IAPV, en las cajas pesadas.
Y ahí entra el otro apellido del reagrupamiento: Carlomagno, hombre del bustismo uruguayense, hoy en el corazón del Superior Tribunal. Toda la escalera judicial tiene cable a tierra en el mismo transformador político.
Tercero, la prensa.
El bustismo siempre entendió que sin relato no hay impunidad.
En el capítulo mediático aparecen nombres como Daniel Enz, y del lado empresario Aníbal Pérez, dueño de Canal 9 y de Neo Mayorazgo, con sus salas de juego. Comunicación, pauta, entretenimiento y casino: todo mezclado en un mismo ecosistema que define a quién se expone, a quién se perfuma y a quién ni se nombra.
No es casual que, cuando hubo que venderle a Paraná un “candidato esperanza blanca” del peronismo, todo ese sistema se alineara para blindarlo.
Rosario Romero, la albacea (y demoledora) del peronismo
En ese esquema aparece Rosario Margarita Romero.
No como víctima, sino como albacea del bustismo.
Romero no es “la gran ganadora” de nada:
llegó a la Intendencia de Paraná colgada de una gestión construida mediáticamente, con un intendente presentado como prócer de la eficiencia mientras ya se sabía –en Tribunales y en los pasillos– que era un ladrón prolijo, con hijos acomodados en el Estado y negocios cruzados.
Y, sin embargo, Daniel Enz, Federico Malvasio, Ricardo Leguizamón y buena parte de la prensa fina de Paraná miraron para otro lado. Lo vendieron como la renovación peronista mientras la caja caminaba.
Romero viene de la Partido Intransigente, pasó por todos los sellos y hoy es, básicamente, lo que le convenga ser. No es peronista en términos de convicción: es trepadora profesional en un sistema que premia la obediencia al poder real.
Su rol hoy es clarísimo:
terminar de romper el peronismo, armar un sello propio “federal” que ofrezca 15/20 puntos, y quedar bien posicionada para ser vice de quien garantice la continuidad del esquema.
Mientras tanto, sigue haciendo lo que el bustismo siempre hizo mejor:
poner gente propia en lugares clave (como Bel, como Armándola), cuidar la Justicia, cuidar la prensa, cuidar los negocios.
Urribarri: el único que «pagó», pero no por lo que se llevó
En este paisaje hay un solo peronista que realmente pagó caro: Sergio Urribarri.
Y ni siquiera pagó por lo que se llevó –que fue muchísimo–, sino por algo más simple: haber querido morderle la mano al bustismo.
Las causas por las que termina condenado son, comparadas con el resto, casi menores:
imprentas, publicidad, comunicación. Plata hubo, sí. Pero el verdadero festival estuvo en la obra pública, en la energía, en los grandes contratos que se discutían en un apart hotel de Paraná, con personajes como Rodríguez Signes y el propio vice de entonces, Lauritto, bendiciendo negocios.
Si alguien de verdad quisiera saber cuánto se robó, habría que auditar cada obra, cada convenio, cada ampliación. Eso nunca pasó.
¿Por qué? Porque esa matriz no es de Urribarri, es del bustismo, perfeccionada y continuada.
Urribarri, con sus torpezas y sus ambiciones personales, terminó siendo el ejemplo disciplinador: él paga la cuenta para que el resto siga tranquilo.
Frigerio, el heredero práctico
Y acá entra Rogelio Frigerio.
No hay que olvidarse:
cuando a Busti lo echan del PJ y lo dejan en la banquina, es Frigerio quien lo rescata políticamente, lo vuelve a poner en una boleta, lo saca en la foto con Macri, le arma el vehículo para que Cristina Cremer vuelva al Congreso.
Ahí nace una sociedad rara: el caudillo de Concordia y el porteño con estancia heredada en el delta.

Frigerio aprendió rápido dos cosas del bustismo:
- Que en Entre Ríos se gobierna con peronistas adentro, no contra ellos.
- Que no hay que romperle la ilusión a nadie.
Los que lo conocen dicen lo mismo que se decía de Busti:
“A nadie le dice que no. A todos les dice que sí. Después resuelve según la conveniencia”.
Hoy Frigerio gobierna con radicales, con amarillos, con libertarios de ocasión… y con bustistas de paladar negro:
Rodríguez Signes sigue ahí, como garantía de que nadie va a abrir en canal la obra pública del pasado.
Lara está en el Tribunal de Cuentas.
Mouliá maneja la Casa de Entre Ríos.
En el Senado, Meca Domínguez y otros votos “federales” hacen el trabajo fino cuando hay que aprobar endeudamientos o reformas.
Y en Paraná, Romero ordena los pedazos del PJ para que, cuando haya que negociar 2027, no quede nada que pueda enfrentar seriamente al esquema.
2027: ¿Frigerio–Romero, sinceramiento bustista?
Con este tablero, la hipótesis deja de ser fantasía:
Un gobernador pragmático, que ya hizo negocios políticos con el bustismo.
Una intendenta trepadora, que no tiene votos propios pero sí llaves judiciales y mediáticas.
Un aparato judicial y económico que sigue siendo el mismo desde los 90, apenas maquillado.
Un peronismo desarmado, con sus referentes históricos perseguidos, exiliados o disciplinados.
¿De verdad es tan descabellado imaginar una fórmula Frigerio–Romero en una elección desdoblada?
¿No sería, en todo caso, el sinceramiento obsceno de lo que ya está pasando por abajo?
El bustismo siempre hizo lo mismo:
– con Montiel, cuando ella quiso ser vice, él decía que Romero era “Busti con peluca”;
– con Urribarri, cuando se animó a desafiar, lo dejaron solo con la Justicia encima;
– con todo aquel que se plantó en serio (Rossi, Solanas, Garbino, Malla), lo que vino fue destierro, carpetazos o silencio mediático.
Ahora el método parece otro, pero el fondo es el mismo:
romper al peronismo, vaciar las banderas, armar un frente “amplio” donde lo único que se respeta es el negocio y la impunidad.
Por eso la pregunta del título no es retórica:
¿Y si el bustismo se reagrupara en 2027?
La respuesta más honesta puede ser esta:
el bustismo ya se está reagrupando,
solo que esta vez el vehículo no lleva la cara de Jorge Busti,
sino la sonrisa prolija de Rogelio Frigerio
y la mirada calculadora de Rosario Romero.
Lo demás –sellos, colores, discursos– es decoración.
El poder real, el de siempre, ya volvió. Solo falta que se anime a ponerse en la boleta.






















