Otra vez la gente en la calle. Otra vez familiares, víctimas, carteles, bronca y dolor.
Otra vez una marcha reclamando justicia en Entre Ríos.
Y otra vez, del otro lado, nada.

Porque no es que no se reclame. No es que no se marche. No es que falten gritos, nombres, expedientes, denuncias, hechos.
En Entre Ríos hubo muchísimas marchas en los últimos años. Marchas por femicidios, por abusos, por causas cajoneadas, por jueces y fiscales denunciados, por impunidad estructural.
La respuesta del Poder Judicial fue siempre la misma: indiferencia absoluta.
No es lentitud.
No es prudencia.
No es respeto institucional.
Es algo mucho más brutal: les chupa un huevo.
Les chupa un huevo la calle. Les chupa un huevo la gente. Les chupa un huevo el dolor ajeno.
Y no hay otro termino posible a la indeferencia instirucionalizada.
Hoy, mientras la sociedad vuelve a movilizarse, las máximas autoridades judiciales están cómodas, muchas de ellas de vacaciones, con sueldos blindados y un discurso preparado para cuando alguien se anime a tocarlos: “persecución”, “ataque”, “falta de independencia judicial”.
Ahí sí reaccionan. Ahí sí hablan. Ahí sí se victimizan.
Cuando hay que investigar, sancionar, remover o juzgar a los propios, la independencia se convierte en escudo.
Cuando hay que escuchar a la sociedad, la independencia se transforma en sordera.
El Jurado de Enjuiciamiento cerrado, paralizado o selectivo. Las denuncias rechazadas sin trámite.
Los expedientes que duermen años. Los mismos nombres repitiéndose en escándalos, internas y operaciones.
Mientras tanto, la sociedad se hunde: droga, violencia, corrupción, estafas, abandono. Y el Poder Judicial, mirándose el ombligo, resolviendo sus peleas internas, activando el sistema solo cuando el conflicto es entre ellos o cuando hay que disciplinar al que no pertenece.
A los poderosos, cuidado. A los amigos, protección. A los perejiles, todo el peso del sistema.
Después se sorprenden por la desconfianza social. Después se preguntan por qué la gente ya no cree.
Después se escandalizan por el lenguaje duro.
Pero la calle no exagera. La calle aprendió. Aprendió que marchar no cambia nada. Aprendió que reclamar no conmueve. Aprendió que, para esta justicia, la bronca social resbala.
Porque —digámoslo sin vueltas— a esta justicia le chupa un huevo.

























