La Caldera

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Gualeguay sufre otro femicio: otra vez el grito que nadie escuchó. Revelan que habria hecho una denuncia la noche anterior.

Gualeguay vuelve a estar de luto. Y no es un luto abstracto, de esos que se diluyen en un titular: es el luto concreto, áspero, de un barrio que se queda sin una vecina; de una familia que se queda sin una hija; de una casa humilde que se transforma en escena del horror. Otra vez, una mujer humilde muere de la peor manera. Y otra vez, lo que queda después no es solo dolor: es bronca. Es miedo. Es un pedido de justicia que nace desde abajo, desde la gente común que no tiene micrófonos pero sí tiene memoria.

Porque en los barrios la violencia no es una noticia: es una sombra que se siente antes. Y esta vez, además, se repite un relato que es una acusación moral contra el sistema: hay vecinos que dicen que se pidió auxilio, que se llamó, que se insistió, que se esperó. Que el grito existió. Que el pedido existió. Y que la respuesta, si llegó, llegó tarde; y si no llegó, dejó al descubierto lo peor: un Estado que aparece cuando ya es tarde y que, frente al peligro, no siempre llega donde tiene que llegar.

No hace falta escribirlo con palabras finas. En el barrio se dice simple: “se cansaron de llamar”. Y esa frase, cuando se pronuncia en voz baja o enojada, tiene un peso tremendo. Porque no es una opinión política: es la descripción de un momento límite. Es la imagen de una comunidad que intenta hacer lo correcto —llamar, avisar, pedir ayuda— y choca contra la pared fría de la burocracia, la desidia o la falta de reacción.

Después, claro, vienen los procedimientos: patrulleros, operativos, detenciones, comunicados, fotos, declaraciones. Pero lo que la gente no perdona —y con razón— es esa secuencia repetida que ya se volvió insoportable: la ayuda llega cuando ya no sirve.

Por eso el pedido de justicia no es solo contra el autor material. Es un pedido de justicia más grande, más incómodo: el que pregunta por responsabilidades. El que no se conforma con un “estamos investigando”. El que señala que en violencia de género la demora es parte del crimen, porque cada minuto cuenta, porque cada intervención puede salvar una vida, porque cada “vaya mañana” puede convertirse en sentencia.

Y cuando la víctima es una mujer humilde, el sistema suele mostrar su cara más cruel: la de la desigualdad. Porque la violencia no pega igual en todos lados. No es lo mismo tener contactos, recursos, abogados, redes de contención, que estar sola, en un barrio donde a veces la vida se defiende como se puede, con vecinos, con familia, con miedo y con el teléfono en la mano.

Lo que hoy se escucha en Gualeguay no es solo duelo. Es advertencia. Es una ciudad que se pregunta: ¿para qué sirve pedir auxilio si nadie viene? ¿Qué sentido tiene confiar en el 911 si el barrio siente que el 911 puede ser un número vacío? ¿Cuántas veces más vamos a escribir la misma historia con distintos nombres?

No hay editorial que devuelva una vida. Pero sí hay algo que no puede negociarse: que la muerte de una mujer humilde no sea un expediente que se apila y se enfría. Que el pedido de justicia no sea un rito que se repite y se agota. Que el grito de un barrio no sea un sonido que se pierde.

En Gualeguay, otra vez, el dolor está a la vista. Y con él, la exigencia más básica que puede hacer una sociedad: que el Estado llegue a tiempo. Que proteja antes, no después. Y que cuando no lo hace, alguien responda. Con nombres, con responsabilidades, con consecuencias.

Esta policia que le robo a los vecinos trabaja codo a codo con una justicia que la gente percibe como ausente, mientras se ocupa de agradar a la politica, con persecucion selectiva y escandalos de gran escala, deberia empezar a mejorar.

Porque si no, lo que queda es lo peor: la certeza de que la próxima víctima también puede ser humilde, también puede estar cerca, y también puede gritar… sin que nadie escuche.