La causa por las SIRA volvió al centro de la escena y, con ella, regresó un nombre que nunca estuvo del todo afuera del sistema: Guillermo Michel.
En las últimas horas, Clarín y La Nación retomaron la investigación sobre el esquema que reguló importaciones durante el último tramo del gobierno de Alberto Fernández, bajo la órbita de Sergio Massa en Economía, con Michel en la Aduana y Matías Tombolini en Comercio. Lo que durante meses fue presentado como una mera herramienta administrativa aparece ahora cada vez más comprometido por sospechas de coimas, discrecionalidad y favores políticos.
Clarín publicó que la Justicia habría detectado pagos ilegales para destrabar importaciones dentro del sistema SIRA, en una causa que tramita con intervención del fiscal Franco Picardi y el juzgado de Ariel Lijo. El eje de la investigación es si el mecanismo de autorizaciones para importar no funcionó solamente como control estatal del comercio exterior, sino como una estructura de intermediación donde algunos accedían más rápido, otros quedaban frenados y algunos, directamente, debían pagar.
La Nación, por su parte, fue todavía más lejos en el señalamiento político. La nota de Carlos Pagni describió a Michel como una pieza clave del andamiaje investigado y lo colocó en el corazón de un sistema que, lejos de haber sido neutral, manejaba una de las palancas más sensibles de la economía argentina: el acceso a importaciones y al dólar oficial. En ese esquema, Michel ya no aparece como funcionario técnico sino como uno de los hombres centrales del dispositivo.
Nada de eso debería sorprender.
En La Caldera hace meses que se viene diciendo lo mismo: que las SIRA no fueron solamente una sigla burocrática sino una caja de poder, una herramienta para administrar escasez, premiar cercanías, castigar a otros y convertir la brecha cambiaria en un negocio. Y dentro de esa estructura, Michel siempre apareció como una figura decisiva, no secundaria. La Caldera ya lo había señalado en febrero y volvió sobre el tema en marzo y abril, cuando todavía muchos preferían mirar para otro lado.
Lo que hoy hacen Clarín y La Nación es darle volumen nacional a una sospecha que venía creciendo: que detrás del sistema de autorizaciones había mucho más que un mecanismo de administración comercial. Había política, había caja y había nombres propios.
Y entre esos nombres, Guillermo Michel empieza a quedar cada vez más cercado. Porque cuando dos de los diarios más importantes del país vuelven sobre la misma trama, y ambos convergen en el mismo núcleo de poder, ya no se trata de una operación aislada ni de una insinuación sin dirección.
Se trata de algo más serio: el comienzo de una reconstrucción pública de responsabilidades.
Si la causa avanza y el expediente empieza a mostrar lo que hasta ahora asoma en cuotas, la discusión dejará de ser mediática. Pero aun antes de eso, el dato político ya está a la vista: cada vez resulta más difícil hablar del escándalo SIRA sin hablar de Guillermo Michel.






















