La Caldera

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El Frente Grande vuelve al redil (y la causa vuelve al freezer)

El progresismo entrerriano tiene estas cosas: un día se indigna, se planta, rompe con el PJ, arma fotos alternativas… y al otro vuelve con la cabeza gacha a golpear la puerta de Rosario Romero.

El Frente Grande, aquel partido que se vendió décadas enteras como “la reserva moral” frente al bipartidismo, volvió a asociarse al PJ justo después de que a su histórico jefe, Nélio Calza, le amagaran con reabrirle una causa por enriquecimiento ilícito. Casualidades de la vida, diría cualquiera.

Porque la cronología es bastante transparente:

Calza decide sacar los pies del plato, coquetea con otras aventuras electorales, se enoja con el aparato.

Aparece en escena el recordatorio: “Che, mirá que lo tuyo en la Justicia no está tan cerrado”.

Y, de pronto, el Frente Grande descubre que siempre fue peronista, rosarista y rosarista de-corazón, y que lo mejor es “reconstruir la alianza”.

El partido que en 1999 casi la lleva a ser la VICEGOBERNADORA DE MONTIEL vuelve con un CALZA «acorralado» por la justicia.

Mientras el Consejo Provincial del PJ prepara la guillotina para quienes se animaron a competir por afuera —Gaillard, Domínguez y compañía— al Frente Grande le ponen una alfombra roja. No se sanciona igual al que disiente que al que aporta sigla, estructura y un jefe con patrimonio de multimillonario. La ética, para los comunicados; la política real, para la mesa chica.

Detrás del discurso de “volver a poner al peronismo en sintonía con el proyecto nacional y popular” hay algo mucho más simple: Calza necesita que la causa vuelva al freezer, y Romero necesita sumar siglas que legitimen su dominio sobre el PJ. Todos ganan… menos la idea de que el progresismo era otra cosa.

Al final, la película es siempre la misma: cuando se juega a la autonomía, aparece el expediente; cuando se vuelve al corral, el expediente se duerme.

El Frente Grande volvió. La causa, probablemente, también vuelva… pero al cajón equivocado. Y así, Entre Ríos sigue teniendo un progresismo de utilería: mucho discurso, mucho recuerdo épico de los 90, pero a la hora de la verdad, la brújula siempre apunta al mismo lugar: donde mandan la lapicera, el miedo a la Justicia y el instinto de supervivencia.