En menos de tres meses, el gobierno de Rogelio Frigerio dejó una postal muy clara de sus prioridades culturales:
- 179 millones de pesos para “Mágica en la Playa”, cinco ferias de libros estivales tercerizadas en una asociación amiga. Análisis
- 52,5 millones de pesos para la “Semana del Teatro Entrerriano”, también vía aporte no reintegrable, a otra asociación “correcta”. La Caldera
- Y ahora, 90 millones de pesos para el Festival Internacional de Cine de Entre Ríos (FICER), en concepto de subsidio directo a la Asociación de Realizadores Audiovisuales de Entre Ríos (ARAER). obtenerImagen (1)
No es una política cultural: es un calendario de eventos caros para amigos del poder.
El FICER de los 90 millones
El decreto que otorga 90 millones al FICER es cristalino en algo: no hay presupuesto propio de Cultura ni de Turismo; se recurre al comodín del CFI y a la billetera de Gobernación para financiar, otra vez, un mega-evento envuelto en palabras grandilocuentes: “industrias culturales”, “ciudadanía”, “turismo”, “Desarrollo”, con todas las mayúsculas posibles. obtenerImagen (1)
En los papeles, suena hermoso: un festival internacional que proyecta películas, trae invitados, organiza foros y reparte premios. En la práctica, se parece cada vez más a un dispositivo de marketing político y de contención simbólica para un puñado de nombres de siempre, mientras el resto del sector audiovisual pelea por sobrevivir a pura autogestión.
Los portales alineados con el oficialismo venden “furor por La Emboscada”, hablan de “FICER explotado” y muestran filas larguísimas para entrar al estreno de turno. enterar.com.ar+1
La película puede ser muy digna, el trabajo de los técnicos y actores locales también. El problema no es el film: es el modelo. Detrás de la alfombra roja y los reels de Instagram, el festival quedó encapsulado en una burbuja de acreditados, protocolares y jurados amigos, con un costo que paga toda la provincia.
Del encanto al protocolo
El FICER nació como un lugar donde el cine entrerriano podía verse, discutirse, reconocerse. Tenía algo de feria grande y algo de asamblea: directores, estudiantes, salas del interior, realizaciones chiquitas que encontraban pantalla.
Hoy el encanto se fue diluyendo en la lógica del evento de agenda oficial:
- más ceremonial que debate,
- más fotos que política pública,
- más “premios” que verdaderas oportunidades de producción sostenida.
Mientras los decretos hablan de “fomento” y “federalización”, lo que se ve hacia afuera es un festival cada vez más cerrado sobre sí mismo, donde los premios parecen rotar entre el mismo ecosistema y donde el ciudadano común solo aparece como extra para llenar la foto o justificar el relato del “récord de convocatoria”.
La trilogía del gasto cultural discrecional
“Mágica en la Playa” ya había encendido todas las alarmas: 179 millones para una asociación que admitió funcionar como pasamanos de fondos hacia terceros “prestadores y productoras”. Análisis+1
Luego vino el decreto de 52,5 millones para la Semana del Teatro Entrerriano, en un esquema similar de aporte no reintegrable y cheque a medida. La Caldera
El FICER completa la trilogía:
- 179 millones para libros en la arena,
- 52,5 millones para una semana de teatro,
- 90 millones para un festival de cine.
Todo bien con el cine, el teatro y los libros. El problema es que, mientras tanto, se multiplican en la misma provincia los reclamos de docentes, trabajadores de salud y estudiantes que no consiguen siquiera respuestas básicas frente al ajuste y el deterioro de las condiciones de trabajo. La Caldera
FICER como síntoma
El FICER podría ser una herramienta formidable si se pensara en términos de política pública seria:
- concursos transparentes,
- circuitos en el interior,
- pantallas en escuelas, clubes y bibliotecas,
- apoyo a salas independientes,
- formación técnica permanente.
En cambio, queda la sensación de que el festival se usa como vidriera para mostrar “movida cultural” mientras se recorta en los lugares donde la cultura realmente se sostiene todos los días: escuelas, centros comunitarios, grupos independientes, bibliotecas que sobreviven con migajas.
La ecuación es brutal: se gasta cada vez más para que unos pocos se filmen entre sí, mientras cada vez menos entrerrianos sienten que esos millones les cambian algo en la vida real.
No es contra el cine, es contra la obscenidad
Que haya festivales, obras y ferias de libros es una buena noticia. Lo obsceno es el desbalance: subsidios millonarios concentrados en tres o cuatro eventos “estrella”, manejados por círculos muy cercanos al poder, mientras el resto de la cultura entrerriana sigue mendigando lo básico.
El FICER ya no es solo un festival de cine: es un símbolo de la época Frigerio. Una época en la que se juega a gobernar con hashtags, influencers digitales y alfombras rojas, mientras los números gruesos del presupuesto muestran otra película: la de una provincia que ajusta en lo estructural y derrocha en eventos para amigos.























