La Caldera

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Frigerio y el gradualismo que puede hacerle perder la provincia

Rogelio Frigerio quiso venderse como el cambio. Como el hombre que venía a ordenar, a cortar con los excesos, a terminar con la vieja política y a poner en marcha una nueva etapa en Entre Ríos. Pero con el correr de la gestión empezó a quedar claro que su verdadero modelo no era una transformación profunda, sino algo mucho más conocido: el gradualismo. El mismo error de Mauricio Macri, pero en versión entrerriana. O, peor todavía, una mezcla del macrismo sin coraje, bustismo reciclado y una administración pateurizada que se presenta como prolija en un sistema que sigue intacto.

Frigerio llegó con discurso de motosierra, pero trajo una motosierra sin nafta desde Buenos Aires. Mucha escenografía, mucha promesa de modernización, mucho marketing del ajuste, pero una enorme dificultad para tocar de verdad las estructuras que sostienen el poder. En vez de achicar la política, llenó el gobierno de funcionarios. En vez de desmontar privilegios, los reacomodó. En vez de romper con los viejos mecanismos de la provincia, los administró con mejores modales, con menos desborde verbal y con una estética más limpia. Pero nada de eso alcanza para hablar de cambio real. Llevo los contratos de la legislatura a la AGENCIA DE CONTRATACIONES que maneja COLELLO, paga en negro como prometio que no haria, y de manera persistente se desmiente de sus propias afirmaciones.

Ese es el corazón del problema. Frigerio no construyó una alternativa nítida al modelo que criticaba. Lo que hizo fue ofrecer una versión más elegante y menos obscena de lo mismo. Un gradualismo piquetero, si se quiere, en el que conviven la retórica del recorte, la pose de eficiencia, la continuidad de los privilegios, el gasto político disfrazado y la incapacidad para dar una batalla de fondo contra las mafias de poder que vienen condicionando a Entre Ríos desde hace décadas.

La historia argentina ya mostró varias veces que esos experimentos terminan mal. Macri también creyó que podía administrar el desorden sin romper con las bases del sistema. También pensó que alcanzaba con cambiar el tono, moderar las formas y corregir apenas algunos excesos pero poner u cajero en cada caja. Y al final la sociedad le pasó factura. Porque cuando alguien promete una cosa y entrega una versión lavada de otra, la decepción llega rápido. La gente no vota fotocopias: vota originales. Si alguien quiere kirchnerismo, peronismo clásico o bustismo, no va a elegir la copia prolija. Va a elegir, llegado el caso, a quienes representan ese mundo de manera auténtica.

Ahí aparece la gran debilidad política de Frigerio. Quiso pararse como una alternativa superadora, pero muchas veces termina pareciéndose a un administrador transitorio del mismo régimen que decía venir a reemplazar. No logra enamorar a quienes querían una reforma real, pero tampoco genera confianza en quienes ya conocen demasiado bien cómo funcionan estas continuidades maquilladas. Para votar una réplica moderada del viejo esquema, la sociedad suele preferir el original. Y cuando encima la copia viene acompañada de ajuste, de enfriamiento económico y de una gestión que no despega, el resultado puede ser todavía peor.

Porque además hay una contradicción evidente: Frigerio hablaba el idioma de la motosierra, pero gobierna con la lógica del acomodo gradual. No hay una poda profunda del aparato político. No hay una revisión seria de las estructuras parasitarias. No hay una señal contundente de ruptura con el entramado de funcionarios, contratos, privilegios y cajas que caracterizaron durante años a la provincia. Lo que hay es una administración más prolija del mismo pantano. Menos barro a la vista, pero barro al fin.

En política, eso casi nunca alcanza. Mucho menos en una provincia castigada por años de atraso, obras inconclusas, rutas detonadas, organismos opacos, corporaciones enquistadas y una ciudadanía cada vez más cansada de escuchar promesas de modernización que no se traducen en cambios concretos. Cuando la realidad sigue igual o empeora, la prolijidad deja de ser virtud y pasa a ser maquillaje.

Frigerio, en definitiva, parece haber elegido el peor de los caminos: el de querer representar una ruptura sin animarse a romper; el de querer encarnar un ajuste sin asumir sus costos políticos; el de querer diferenciarse del pasado mientras conserva buena parte de sus reflejos, sus métodos y sus limitaciones. Ese camino ya fracasó una vez en la Argentina. Y todo indica que, si insiste en esa fórmula, los resultados electorales pueden ser muy parecidos.

Porque los pueblos toleran muchas cosas, pero no perdonan fácilmente las imitaciones débiles.
Y porque, al final, la gente no vota fotocopias: vota originales.