Sin gestión que mostrar en Paraná, arma una red de obediencias, temores y conveniencias
Rosario Romero volvió a mover las piezas en la Liga de Intendentes del PJ con un objetivo demasiado evidente: usar esa estructura como plataforma personal para su propia candidatura. No hay épica, no hay renovación, no hay construcción política genuina. Hay cálculo. Hay control. Hay una necesidad casi obsesiva de que nadie crezca demasiado, de que nadie junte volumen propio, de que todos dependan de ella o de su lapicera.
Ese es el verdadero sentido de esta liga mutante, que cambia de nombres, de caras y de presidencias, pero nunca de lógica. Un presidente por turno, una rotación permanente, una ficción de federalismo partidario para esconder lo de siempre: que Rosario Romero necesita un peronismo débil, obediente y fragmentado para poder ordenar la interna en función de su proyecto personal. No quiere dirigentes fuertes; quiere satélites. No quiere líderes; quiere administradores del permiso.
Y todo eso ocurre, además, cuando no tiene prácticamente nada que mostrar en Paraná. La capital entrerriana no exhibe una transformación política ni una gestión arrolladora que justifique semejante centralidad. Al contrario: la falta de resultados visibles empuja a Romero a buscar volumen donde cree sentirse más cómoda, que es el armado interno, la red de compromisos, la acumulación por aparato, la subordinación del otro. Cuando la gestión no alcanza, aparece la rosca. Cuando no hay logros, se multiplica la obediencia.
Alrededor de esa construcción se agrupan figuras que no expresan futuro, sino necesidad, conveniencia o pura supervivencia.
Está Lauritto, cuya cercanía no se lee como fortaleza política sino como una forma de refugio, condicionado por el peso de sus propios problemas y por el temor que genera cualquier reacomodamiento judicial o político. Está Adrián Fuertes, un dirigente que hace tiempo encarna, para muchos, una política de doble juego permanente: hablar en un lado, negociar en otro, conservar poder local mientras se mueve con libertad entre el PJ y Frigerio, sin pagar costos en ninguna ventanilla. Fuertes juega a dos puntas con una naturalidad pasmosa, acompañado además por el entramado de poder que le permiten su senador, Cosso, y los vínculos de su ex esposa, garantizando así que en Villaguay no aparezca una construcción alternativa real. Más que liderazgo, lo suyo parece administración de dominio. Más que lealtad, una práctica constante de acomodamiento.
Está también Castagnino, expresión de un esquema atravesado por el peso del strattismo, sus herencias, sus limitaciones y su desgaste. En vez de representar una salida, aparece como parte de una continuidad desdibujada, incapaz de ofrecer algo distinto a la lógica de contención de sectores que ya cargan demasiados pasivos políticos.
Y aparecen, además, los bastoneros de esta liga de obediencias: Mezquida, señalado como empleado eterno del Senado y símbolo de ese funcionariado que sobrevive a todo sin que nadie explique demasiado su mérito político real, y Ariel Weiss, asociado a los problemas y ruidos políticos de Colonia Avellaneda. Son piezas menores, pero útiles. No construyen poder por sí mismos; lo custodian para otros. Son los que aplauden, ordenan, operan y sostienen el decorado. O el alfil de Guillermo Michel, Diaz Chavez que es la pupulosa (sic) aldea San Antonio cosecho la derrota mas dura del PJ.-
En esa misma constelación aparece Rupp, siempre oscilando entre amagues, conflictos y asuntos judiciales que nunca terminan de despegarse del todo de la gestion conyugal del PINGO, mientras sigue orbitando una ambición que parece no agotarse nunca: instalar a su marido, Diego Plassy, en una candidatura que el sistema viene empujando hace años sin que termine de encontrar legitimidad real fuera del pequeño círculo que la alimenta.
Ese es el problema de fondo. Rosario Romero no está construyendo una alternativa política; está tejiendo una red de obsecuencias. Una red donde cada uno llega con su debilidad, su necesidad o su pequeño cálculo de supervivencia, y donde ella intenta aparecer como punto de equilibrio. Pero ese equilibrio no nace de la autoridad política ni de una gran gestión. Nace del reparto del miedo, de la especulación y de la mediocridad organizada.
La Liga del PJ, así planteada, no es una herramienta para fortalecer al peronismo. Es un mecanismo para impedir que alguien lo renueve de verdad. Un cerrojo interno. Un sistema de turnos y favores. Una escenografía de unidad montada sobre dirigentes que, en muchos casos, no están ahí por lo que representan ante la sociedad, sino por lo que necesitan conservar dentro del aparato.
Rosario Romero quiere ser candidata. Eso ya no se disimula. Lo que sí intenta disimular es que su armado se apoya menos en la esperanza que en la dependencia. Menos en el entusiasmo que en la resignación. Menos en la política que en el control.
Por eso esta nueva vuelta de la Liga del PJ no transmite fortaleza. Transmite otra cosa: el miedo de una dirigencia a perder el mando, aun cuando ya no tenga demasiado para mostrar. Y en esa foto, más que un proyecto de futuro, lo que aparece es un viejo reflejo del peronismo entrerriano: preservar el poder, aunque sea girando entre los mismos, aunque sea con los mismos vicios, aunque sea sin rumbo.
Si querés, te la convierto ahora en una versión todavía más filosa, más periodística y con bajada, para publicar como editorial.

























