En Entre Ríos la corrupción no tuvo la estética del bolso y la valija clandestina, no hubo convento, no hubo ROSADITA. Acá fue más eficiente y más impune: fue administrativa. La plata no necesitó esconderse para circular porque circuló por donde circula el dinero público cuando el Estado paga, contrata, reintegra y “liquida”: por el agente financiero, por los canales oficiales, por el BERSA. Y si el saqueo —desde 2003 a la fecha— salió del presupuesto, entonces necesariamente se ejecutó con órdenes de pago, acreditaciones, cheques, transferencias y ventanilla. No hay milagros: hay circuito.
Por eso el escándalo no es sólo quién firmaba, sino cómo se pagaba. Contratos truchos que se convertían en cheques; créditos truchos que se volvían acreditaciones; subsidios a muertos que seguían encontrando el camino para cobrarse como si la realidad no importara. La ilegalidad, para sostenerse durante años, necesitó una autopista oficial donde lo extraordinario se hiciera costumbre: cobros en serie, operatorias repetidas, concentraciones llamativas en sucursales, movimientos que cualquier control mínimo debería haber detenido o, al menos, puesto bajo lupa.
En ese paisaje entra Diego Lara —hoy presidente del Tribunal de Cuentas— como símbolo de una época y de un estilo. Porque cuando se habla de cheques, no se habla de una anécdota: se habla del modo concreto en que se materializaba el drenaje. Cheques cobrados de a montones, cheques que circulaban sin lógica económica, cheques que aparecían en planillas que “andaban dando vueltas”, esas Excel que muchos vieron y pocos se animaron a mirar de frente. La pregunta es siempre la misma y no tiene glamour: ¿cómo se cobra en serie, cómo se cobra masivo, cómo se repite, y nadie pregunta nada? Cuando la anomalía se vuelve rutina, la omisión deja de ser inocente.
Y también entra Esteban Vitor, porque su recorrido sirve para medir la temperatura moral del sistema. Cuando era diputado se mostraba crítico, reclamaba explicaciones, apuntaba al costo financiero, hablaba de transparencia. Con el tiempo, esa energía se fue deshilachando en la moderación, y la discusión se corrió del nudo real: el agente financiero y la responsabilidad —por acción u omisión— de quienes hicieron posible que la plata pública saliera siempre por la misma puerta, la puerta oficial.
Desde Jorge Busti cada Gobernador puso alli hombres claves, como intermediarios entre la caja y los funcionarios.
Acá no hubo corrupción de bolsos: hubo corrupción de ventanilla. Y mientras no se hable del circuito bancario que permitió pagar contratos truchos, sostener créditos truchos y seguir girando subsidios a muertos, se seguirá discutiendo la corrupción como relato político y no como lo que fue: un mecanismo de ejecución financiera montado sobre el Estado y sus canales formales.

























