La crisis que atraviesa Victoria no es casualidad. No es mala suerte. Es consecuencia. Es el resultado de un modelo político que se sostuvo durante décadas con marketing, operadores mediáticos y una lógica de poder cerrada sobre sí misma.
Durante años, una parte de la dirigencia local gobernó mirando el “termómetro” de cuatro o cinco comunicadores que calibraban la crítica según la pauta oficial. La política dejó de mirar a la ciudad y empezó a mirarse en el espejo de los titulares complacientes.
El primer gran traspié del esquema STRATTA, a fines de los años 80 tras una pesima intendencia de Juan Carlos, los obligó a recurrir a una figura de reconstrucción: Cesar Garcilazo. Con perfil bajo, imagen de trabajador, sentido común y capacidad de gestión, logró tres mandatos en un contexto de expansión económica y posibilidades de financiamiento que supo aprovechar. Incluso dejó encaminada una sucesión familiar en 2011 que, con luces y sombras, logró cerrar un ciclo sin desorden institucional.
Pero el desgaste del peronismo era evidente. Y cuando Laura Stratta apareció como candidata, el electorado optó por un giro brusco: eligió a un empresario exitoso, creyendo que administrar el municipio sería como administrar un campo. La experiencia demostró que gobernar es mucho más que producir riqueza: requiere muñeca política, diálogo, planificación y liderazgo.
Tras dos gestiones marcadas por la improvisación y la falta de proyecto estratégico, el regreso del clan se produjo por la vía interna. Stratta logró imponer a Isa Castagnino. Y desde entonces, el esquema volvió a cerrarse sobre sí mismo.
Hoy el municipio enfrenta un cuadro delicado: finanzas tensas, ausencia de plan estructural para la Caja de Jubilaciones, aumento del gasto político y un equipo importado del ciclo provincial de Stratta, costoso y sin ideas innovadoras para una ciudad que necesita creatividad y austeridad.
El problema no es solo administrativo. Es político. Victoria cumple más de veinte años de la conexión vial con Rosario, una oportunidad histórica que podría haber transformado la matriz productiva, turística y logística. Sin embargo, la ciudad no capitalizó plenamente ese cambio estructural. La falta de visión estratégica atraviesa distintas gestiones, pero el núcleo de poder que hoy vuelve a conducir tampoco ha presentado un plan concreto para revertir esa decadencia.
La política local sigue orbitando en los mismos nombres: Stratta, Castagnino, Bar, Sansferro, Maiocco. El problema no son los apellidos en sí, sino la ausencia de renovación real, de planificación de largo plazo y de una administración orientada al desarrollo.
El discurso del 1º de marzo puede prometer un nuevo comienzo. Pero sin un plan económico claro, sin transparencia presupuestaria, sin reforma estructural del gasto y sin una estrategia seria para el crecimiento, la ciudad seguirá estancada.
Victoria no necesita relato. Necesita proyecto.





















