Daniel Enz escribe sobre el “patrón de impunidad” en Entre Ríos con tono de fiscal moral. Describe un mecanismo que se repite: denuncias, trámite legislativo, dilación, renuncias tácticas, blindajes y cierre sin sanción real. Eso existe. Lo que no admite —porque ahí se derrumba su personaje— es que esa impunidad no se sostiene sola: se sostiene con política, con justicia… y con un sistema mediático que él comanda.
Enz no está afuera del problema. Está adentro. Se queja de la misma impunidad que ayuda a producir, porque su aparato comunicacional opera con una regla simple: atacar a los débiles y proteger a los fuertes.
Su medio y su radio no funcionan como periodismo de control, sino como un dispositivo de disciplinamiento. Cuando aparece un denunciante incómodo, no se investiga lo denunciado: se le busca el defecto humano, el gesto, la historia personal, el “perfil”. Se lo convierte en “loquito”, “exagerado”, “conflictivo”, “perejil”. Para eso, como pediste que lo diga, Enz ha llenado el aire y la redacción de cuatro de copas —gente sin espalda profesional ni ética— cuya función no es informar, sino desacreditar denunciantes, embarrar y apagar. No discuten hechos: discuten reputaciones. No prueban nada: instalan sospechas. Y así, la impunidad queda intacta, pero el denunciante queda marcado.
Después, cuando conviene, Enz se abraza a una “megacausa” y juega a la épica republicana: te vende la idea de que “él” combate la corrupción. Pero es un truco viejo: focalizar en la megacausa como pantalla le permite no tocar el nervio real del poder cotidiano —el de las cajas, los contratos, los proveedores perpetuos, los precios inflados que siguen iguales gobierne quien gobierne— y, sobre todo, le permite algo todavía más funcional: no hablar jamás de los intocables.
Y ahí aparece la prueba más clara de su doble moral: Rosario Romero. En Paraná y en Entre Ríos, Romero es un nodo estructural del poder real. Pasó por el bustismo (en el área jurídica, con el marido), se alineó luego con el urribarrismo, fue ministra clave durante Bordet y hoy sigue siendo gravitación pura en el diseño de la gobernabilidad y los equilibrios de la provincia. Si Enz fuera el denunciante que finge ser, Romero debería ser tapa, investigación y obsesión. Pero no. Nunca la molesta. Nunca la somete al mismo rigor que exige a otros. Nunca le aplica su “patrón de impunidad”. Porque su periodismo, en el fondo, no está hecho para romper el sistema: está hecho para administrarlo.
Esto se vuelve todavía más obsceno cuando se mira el flujo de dinero: Enz y su estructura viven de publicidad y contratos vinculados directa o indirectamente al Estado y a sus entes. Es decir, cobra del mismo Estado al que dice fiscalizar. Por eso puede gritar “impunidad” en abstracto y callar los nombres propios que sostienen el nido. Por eso puede indignarse con un caso “permitido” y ser feroz con quien denuncia de verdad. Por eso su aparato editorial termina siendo una válvula de escape: deja que la bronca circule, pero evita que se convierta en ruptura.
Y mientras Enz posa de justiciero, en la vida real la provincia sigue igual. Con Frigerio, la estructura de fondo se siente calcada a Bordet: mismas empresas, mismas contrataciones, mismos precios, misma lógica. Cambian los discursos, no los engranajes. Las firmas que aprendieron a hacer negocio con el Estado siguen contratadas. Los que deberían explicar por qué cuestan lo que cuestan siguen protegidos. Y el periodismo que debería incomodarles la siesta, les hace de biombo.
Enz escribe sobre impunidad como si fuera un accidente de la democracia. No lo es. Es un sistema. Y un sistema necesita operadores. Necesita jueces que no sancionen, legisladores que blinden y fiscales que seleccionen. Pero también necesita algo más silencioso y decisivo: un sentido común que naturalice el fracaso, que convierta al denunciante en culpable y al poderoso en “intocable”. Ese sentido común, en Entre Ríos, tiene micrófono, tiene portada y tiene conductor.
Por eso, cuando Enz se indigna, no está denunciando impunidad: está haciendo control de daños. Está canalizando la bronca para que no llegue a donde duele. Está cuidando el sistema mientras simula cuestionarlo.
En definitiva: Daniel Enz se queja de la impunidad que él mismo sostiene. Y eso no es un error de análisis. Es su función.
Daniel Enz: se queja de la impunidad que él mismo sostiene























