En todo gobierno hay funcionarios que figuran y funcionarios que mandan. En la gestión de Rogelio Frigerio, Sergio Kneeteman pertenece claramente al segundo grupo. No es ministro, no es gobernador, no es jefe de gabinete. Sin embargo, maneja la llave más sensible del poder político contemporáneo: la plata que ordena la comunicación, los fichajes y los silencios.
Desde la Secretaría de Comunicación y Prensa, Kneeteman se convirtió en el verdadero administrador de la pauta oficial, el que define altas y bajas, el que decide quién cobra, quién espera y quién queda afuera. En la práctica, es el funcionario que premia obediencias y castiga disidencias, con una lógica más cercana al disciplinamiento que a la pluralidad democrática.
No es casual que dentro del propio ecosistema político y periodístico ya se lo mencione como “el Pedro Báez del frigerismo”: el operador que no da explicaciones públicas, pero controla el flujo de recursos y el acceso al sistema. El que cierra fichajes, ordena alineamientos y marca la cancha a quienes no “entienden” cómo funciona el nuevo poder.
Pauta como herramienta de control
La pauta oficial no es un detalle administrativo. Es una herramienta política de primer orden. En Entre Ríos, lejos de transparentarse, se concentró. El discurso de la “digitalización” y el “reordenamiento” escondió un dato clave: menos medios cobran, menos voces sobreviven y más dependencia se genera.
Quien maneja esa caja no es un técnico neutral. Es un actor político con poder real, y Kneeteman lo ejerce sin disimulo. Periodistas que preguntan de más, medios que no se alinean, comunicadores que no repiten el libreto: todos saben que la consecuencia no llega en forma de censura directa, sino de factura impaga.
El episodio denunciado por FOPEA, donde se lo acusa de un trato intimidante hacia una periodista tras una pregunta incómoda al gobernador, no es una anécdota. Es un síntoma. Cuando el funcionario que maneja la pauta se permite aprietes, el mensaje es claro: preguntar tiene costo.
Autoritarismo sin micrófono
Kneeteman suele decir que “no es vocero”. Formalmente, puede ser cierto. Pero no hace falta hablar para mandar. El poder que ejerce no pasa por conferencias de prensa sino por llamadas, listas, contratos y órdenes tácitas. Es un poder silencioso y eficaz, que no necesita exposición porque se respalda en la dependencia económica.
En ese esquema, Frigerio gobierna con un relato prolijo hacia afuera, mientras la cocina interna se maneja con métodos duros, verticalistas y poco tolerantes a la autonomía. Kneeteman es el engranaje central de ese sistema.
El problema no es Kneeteman, es el modelo
El problema de fondo no es solo un funcionario. Es un modelo de gestión donde la comunicación deja de ser un derecho democrático y se transforma en una herramienta de control político. Donde la pauta no garantiza pluralidad, sino obediencia.
Donde el que reparte la plata se convierte en el verdadero jefe.
En Entre Ríos, hoy, ese rol tiene nombre y apellido. Sergio Kneeteman no es un funcionario más: es el administrador del poder cotidiano del frigerismo. Y como siempre en política, la pregunta no es cuánto poder tiene, sino quién lo controla.
Porque cuando el que maneja la caja también maneja el silencio, la democracia empieza a pagar un precio demasiado alto.

























