En Entre Ríos la corrupción no se termina: se edita, se encuadra y se administra, porque una cosa es investigar y otra muy distinta es decidir qué nombres entran al foco y cuáles quedan en penumbra, y ahí es donde la revista Análisis viene mostrando, hace tiempo, una conducta demasiado previsible: machaca con Allende y Urribarri —que por supuesto tienen causas y responsabilidad pública—, pero al mismo tiempo modula el tono, baja el volumen o directamente evita el choque cuando los hechos y los vínculos rozan a figuras del presente y del poder real, como Stratta, Romero, Lara o Michel, y esa selectividad no es un detalle técnico sino la prueba más simple de que hay una agenda y no un criterio.
Daniel Enz, que alguna vez construyó autoridad por incomodar, hoy parece más un administrador de climas que un periodista de investigación, porque elige enemigos útiles y los repite hasta que el lector crea que la corrupción entrerriana es una película vieja con los mismos villanos fijos, mientras el reparto actual camina por el set sin que nadie le pida documentos; y el caso de Daniel Rossi muestra el mecanismo con crudeza, ya que el medio no se limita a narrar hechos verificables sino que suele cargar el texto con insinuaciones, asociaciones laterales y relatos que buscan instalar sospechas como si fueran pruebas, sosteniendo un esquema de ataque que no se explica por el interés público sino por un viejo conflicto, alimentado por aquella exposición internacional en la CIDH que dejó a Enz mal parado y desde entonces derivó en una cobertura más parecida a una revancha editorial que a periodismo.
Lo más grave no es que Análisis hable de corrupción —eso está bien y hace falta—, lo grave es que la trate con doble vara, porque cuando la lupa se posa sobre redes de contratación, estructuras de control, relaciones de poder y operadores de inteligencia política, el medio ha demostrado que sabe investigar y escribir, pero también ha demostrado que puede elegir cuándo hacerlo y cuándo convertir el tema en una conversación suave; alcanza con mirar cómo ciertos circuitos aparecen con dureza cuando conviene y se vuelven “normalidad institucional” cuando comprometen a nombres que hoy necesitan blindaje, y ahí el síntoma es claro: no se niega la corrupción, se la ordena, se la jerarquiza, se la usa para disciplinar a algunos y proteger a otros.
sin contar que ENZ se erige como TOTEM de la MORALIDAD luego de haber tenido en su grupo de CUSTION DE FONDO un PEDOFILO como MARIO WOLFF FURLONG a quien defendio y cubrio periodisticamente hasta que fue PRESO por VIOLAR niños, luego de haber sido años su socio y custodio pagado por la PER.-
En ese esquema, Allende y Urribarri funcionan como pantalla perfecta, porque garantizan indignación, archivo y costo político bajo, mientras el presente se vuelve administrable, y así la provincia discute “corrupción”, sí, pero discute la corrupción que le dejan discutir; por eso el problema de fondo no es un título, ni una nota, ni un enojo personal, sino el modelo: cuando un medio elige a quién investigar con furia y a quién tratar con cortesía, deja de ser un control del poder y pasa a ser parte del poder, y entonces la corrupción ya no se combate, se programa, se edita y se distribuye, como cualquier operación política bien hecha, con micrófonos, silencios y enemigos seleccionados.
























