La Caldera

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LA CRISIS EMPUJA LA PROLIFERACION DE LA USURA: mutuales, financieras y el nuevo negocio de empeñar salarios

La crisis económica no solo fabrica pobreza. También fabrica negocios. Donde falta salario, aparece el préstamo. Donde falta Estado, aparece la financiera. Donde falta futuro, aparecen las “soluciones mágicas”: plata en el acto, cuotas cómodas, ayuda económica, adelantos, mutuales, convenios, códigos de descuento y promesas de alivio inmediato.

Pero detrás de ese lenguaje amable suele esconderse una maquinaria mucho más oscura: la captura del ingreso de empleados públicos, municipales, jubilados y pensionados. No se trata de solidaridad. Se trata, muchas veces, de convertir la desesperación social en renta financiera.

El caso de la Mutual Modelo es apenas una postal de ese fenómeno. Publicidades que ofrecen millones “en el acto” a trabajadores estatales muestran hasta qué punto la crisis abrió un mercado feroz sobre el recibo de sueldo. El empleado público ya no es visto como ciudadano endeudado, sino como garantía de cobro.

Y el problema no termina allí. El nombre de Juan Domingo Zacarías volvió a poner sobre la mesa otra trama: la de la Mutual 10 de Abril, los contratos de mutuo, los dólares, los manejos sospechados y las investigaciones judiciales. Diversos medios informaron que Zacarías fue investigado por presunto enriquecimiento ilícito a partir de una denuncia vinculada con inversiones en esa mutual, y que incluso se realizaron allanamientos en el EPRE cuando él era interventor del organismo.

También se publicó que la causa se conecta con denuncias cruzadas por presuntos desmanejos de fondos de asociados y adherentes en la Mutual 10 de Abril, una entidad que habría sido intervenida judicialmente en medio de acusaciones por desvío de dinero, dólares e inmuebles.

Ese es el punto central: las mutuales nacieron para la ayuda recíproca, no para transformarse en cuevas financieras, cajas paralelas o mecanismos de endeudamiento masivo. Cuando una mutual maneja dinero de trabajadores, jubilados o empleados públicos, el control debe ser máximo. Porque no está en juego una inversión cualquiera: está en juego el salario de gente que ya viene golpeada.

La crisis genera el clima perfecto para estos negocios. Una familia que no llega a fin de mes no pregunta demasiado por la tasa, por el convenio, por el descuento ni por la letra chica. Necesita pagar la luz, comprar medicamentos, llegar al alquiler, sostener comida en la mesa. Y ahí aparecen los vendedores de soluciones mágicas: “hasta 15 millones”, “en el acto”, “sin vueltas”, “solo con recibo”.

El resultado es brutal: el trabajador cobra, pero antes de tocar su sueldo ya lo tiene mutilado. La deuda se descuenta sola. La financiera no espera. La mutual no hace fila. El sistema cobra primero y la familia sobrevive después.

Por eso hace falta discutir en serio quién habilita estos convenios, qué tasas se cobran, qué códigos de descuento se utilizan, qué organismos controlan, qué funcionarios miran para otro lado y qué vínculos políticos existen detrás de estas estructuras. Porque cuando las mutuales se mezclan con funcionarios, campañas, dólares, organismos públicos y causas judiciales, ya no estamos ante una simple “ayuda económica”: estamos ante un problema institucional.

La Argentina empobrecida se volvió terreno fértil para una nueva usura con rostro legal. Ya no hace falta el prestamista de barrio con libreta negra. Ahora alcanza con una oficina prolija, un logo solidario, una palabra amable y acceso directo al salario.

La pregunta es incómoda, pero inevitable: ¿cuántas mutuales ayudan realmente y cuántas viven de administrar la desesperación ajena?