En Entre Ríos, cuando un hecho se vuelve serio y encima rebota a nivel nacional, aparece el apuro por “explicarlo” antes de investigarlo. Con las cámaras halladas en despachos sensibles pasó exactamente eso: primero el impacto lógico —olor a espionaje institucional— y enseguida el tranquilizante: que eran cámaras “viejas”, “desactivadas desde 2019”, sin DVR, sin imágenes, sin nada. La bajada es tan obvia como ofensiva: hicieron un escándalo por chatarra. (Análisis Digital)
Esa explicación exprés no busca aclarar: busca cerrar. Porque si el tema se reduce a si grababan “ayer” o no grababan, se mata la pregunta importante: quién instaló, quién autorizó, quién controló, quién retiró el almacenamiento y por qué nadie lo vio durante años. De hecho, la misma historia que intenta anestesiar al público reconoce que el caso estalló como “tarea de espionaje” y luego lo baja a “no funcionan”. Ahí está la operación.
El problema es que el propio relato de Análisis no puede esconder lo más pesado: el antecedente de videos, amenaza (“tengo esto y tengo más”), sospecha de hackeo y extorsión. Y, en esa misma narración, mete al Grupo Octógono y ubica a Facundo Cabrera como “líder” del grupo, ligado a reuniones y a “analizar lo enviado”. Si todo era tan inoffensivo como quieren vender, ¿por qué aparece una trama de amenaza y extorsión pegada a esas cámaras? (Análisis Digital)
En el medio está el fiscal Santiago Alfieri, y acá viene el punto clave: hay una pulseada para direccionar su investigación desde afuera, con tapa y relato incluido. Alfieri declaró que aunque sea un sistema “vetusto y fuera de uso”, la investigación tiene que agotar el conocimiento y dejar en claro de qué se trata, y subrayó lo verdaderamente determinante: falta la parte final del sistema (DVR/disco) y “alguien lo tomó”, autorizado o no. O sea: no es “una cámara vieja”; es una instalación con almacenamiento faltante, que es justamente lo que define responsabilidades. (Análisis Digital)
En el ambiente judicial, a Santiago Alfieri hace tiempo que le pusieron un apodo que lo describe mejor que cualquier currículum: “el Tandarica de los legajos”. Tandarica era un personaje cómico, un trapecista torpe que en su sketch iba tirando todo, quería acomodar una cosa y volteaba otra, avanzaba y dejaba un reguero de desorden y destrozos. Con Alfieri pasa algo parecido: lo que toca no se ordena, se desarma.
Pero en Entre Ríos no alcanza con que un fiscal diga “vamos a investigar”. La experiencia enseña otra cosa: expedientes que se estiran, se embarran, se recortan y terminan en una resolución que no convence a nadie. En ese marco, Alfieri —lejos de ser garantía— para muchos es todo lo contrario: la garantía de que el caso no se va a resolver o se va a resolver “para sacarlo de encima”. No por falta de elementos, sino por una forma de trabajar que suele dejar más dudas que certezas.
Y acá entra la presión mediática con nombre y apellido. Análisis no es un actor neutral: está conducido por Daniel Enz, fundador y director del medio. En el propio sitio publicaron un homenaje a Guillermo Alfieri (padre de Santiago Alfieri), presentado como figura del periodismo, con menciones al vínculo de redacción con su hijo. (Análisis Digital) Eso, en una provincia chica, no es un dato decorativo: es parte del clima en el que se empuja una investigación para un lado u otro.
Lo de Guillermo Michel completa el triángulo. No hay evidencia pública confiable de que sea “el dueño” del medio; lo verificable es que Análisis lo publica y le da espacio sostenido: aparece como autor/figura dentro del portal y como tema recurrente. Y lo que se percibe —por la línea editorial y por el encuadre— es que el medio ya no juega “a Romero” como antes: ahora juega a una síntesis que muchos describen como Michel–Romero, con bajadas funcionales a ese armado cuando un hecho amenaza con desbordar.
La conclusión es simple: quieren que el país crea que acá se armó un escándalo por “cámaras viejas”, mientras se licúa lo verdaderamente grave: el antecedente de amenazas y extorsión, el vínculo con Octógono, la aparición de Cabrera en el relato, y el dato central de que falta el almacenamiento. Y para que todo termine donde siempre termina, necesitan lo de siempre: un relato que achique, una investigación que se desgaste, y un cierre prolijo que deje a todos a salvo… menos a la verdad.

























