Stratta NO aparece,ni si quiera cuando el reclamo ya la señala y el silencio empieza a costar. No es que acompañe por convicción: acompaña cuando le alzan la voz y ya no puede seguir escondiéndose. Ahí sí “va a la justicia”, ahí sí se acuerda del discurso, ahí sí se muestra sensible. Antes, nada.
Porque lo que nunca dijo —y eso es lo grave— es lo que importaba de verdad: las condiciones concretas en las que trabajaban esas mujeres, el contexto, las situaciones reales, los abusos naturalizados, las situaciones de vulneravilidad extrema, las desigualdades cotidianas. No hubo una palabra sobre esas cuestiones. Ni una posición sostenida. Ni una intervención que incomode al poder.
Tampoco la vimos en los momentos donde se esperaba una dirigenta comprometida y no una figura de oportunidad. No aparecio de manera activa en los reclamos reales de la provincia, los que no se hacen con consignas cómodas sino con conflicto, con desgaste, con costo político. Cuando el feminismo deja de ser un cartel y se convierte en pelea concreta, Stratta no está.
Y con la paridad pasa igual. No se queja por la paridad efectiva: la que debe cumplirse en organismos, cargos, decisiones, estructuras, donde todavía manda la rosca de siempre. La única paridad que le interesa es la que se vota en leyes y se festeja en el recinto, porque esa paridad sirve para la foto y para el relato. La otra, la verdadera, la que exige romper pactos y disputar poder real, no forma parte de su agenda.
Por eso el balance es simple y duro: la única cuestión de género que parece sostener con constancia es la propia. Sus luchas, sus espacios, su conveniencia. El resto aparece como utilería: una bandera que se levanta en campaña y se guarda cuando hay que actuar.
El feminismo no es un porcentaje para cerrar listas. Es coherencia cuando incomoda. Y si una dirigente solo aparece cuando conviene, entonces no es feminismo: es cálculo.






















