La Caldera

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Santiago Halle Romero: El peso de los apellidos

Hay quienes invitan a dejar de mirar el pasado y concentrarse exclusivamente en el futuro. Suena moderno. El problema es cuando ese mensaje proviene de quien es hijo de dos exintendentes de Paraná. Entonces la propuesta deja de ser una reflexión filosófica y empieza a parecer una conveniente forma de evitar revisar la historia.

En una reciente columna el confeso admirador de borges explora el mundo filosofico de Friedrich Nietzsche, de una sociedad que mira siempre al pasado y eso le impide mirar el futuro, lo cual suena mas a un relato de quien fue parte central de la DESTRUCCION INSTITUCIONAL ENTRERRIANA y hoy pretende erguirse en TEORICO de su RECONSTRUCCION.

Porque mirar hacia adelante no puede significar borrar hacia atrás. Las sociedades maduras construyen futuro, pero también evalúan a quienes gobernaron, auditan sus gestiones y exigen responsabilidades cuando corresponde. Sin memoria no hay aprendizaje; sin rendición de cuentas tampoco hay República.

Resulta llamativo que quien reivindica desprenderse de los orígenes pertenezca precisamente a una familia cuyo apellido forma parte de la historia política reciente de Entre Ríos. Tal vez sea comprensible que revisar el pasado resulte incómodo cuando ese pasado incluye las administraciones de su padre y de su madre.

No se trata de cuestionar a una persona por su apellido. Cada uno debe responder por sus propias ideas y actos. Pero cuando se utiliza una tribuna para pedir que dejemos de mirar hacia atrás, es inevitable preguntarse si esa invitación alcanza también para las gestiones familiares o si solo aplica a los demás.

El futuro no se construye decretando el olvido. Se construye aprendiendo de los aciertos y de los errores. Pretender que la política deje de revisar su pasado no es una propuesta de renovación; puede convertirse, simplemente, en una invitación a que nadie haga preguntas incómodas sobre quienes ejercieron el poder.

Porque una democracia sana necesita mirar hacia adelante, sí. Pero con los ojos bien abiertos sobre lo que ocurrió ayer. Solo así evita repetir los mismos errores, aunque cambien los discursos o se repitan los apellidos.