La Caldera

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Paraguay encontró seis departamentos de Kueider. ARROYO SALGADO empresas y propiedades;y en Entre Ríos siguen esperando «LA PERICIA»

Mientras la Justicia paraguaya sigue el rastro de los bienes, en Entre Ríos todavía se entretienen con pericias, chicanas y maniobras para desgastar a quienes se animan a señalar el saqueo.

La Justicia paraguaya volvió a ponerle ladrillos al escándalo Kueider: seis departamentos, seis cocheras y una operación inmobiliaria bajo sospecha de lavado de dinero. Ya no es solamente la foto del exsenador entrerriano detenido con dólares sin declarar. Ahora hay inmuebles, montos, sociedades, intermediarios y una pregunta que arde: ¿de dónde salió la plata?

La pregunta es simple. La respuesta, en Entre Ríos, parece molestar demasiado.

Porque mientras Paraguay investiga bienes, acá todavía hay sectores de la Justicia, la política y los organismos de control más preocupados por embarrar a quienes denuncian la corrupción que por seguir la ruta del dinero hasta el final.

No hablamos de “denunciantes de Kueider”. Hablamos de algo mucho más amplio y más incómodo: quienes vienen denunciando la matriz de corrupción entrerriana. La de los contratos truchos. La de los cheques. La de los prestanombres. La de los perejiles. La de los funcionarios que miraron para otro lado. La de los organismos que controlaron tarde, mal o nunca. La de una provincia pobre con dirigentes cada vez más inexplicablemente prósperos.

Kueider no cayó de un plato volador paraguayo. Kueider salió de Entre Ríos.

Salió de una estructura política que lo promovió, lo sostuvo, lo usó y después, cuando el escándalo cruzó la frontera, empezó a hacerse la distraída. Fue parte del poder. Fue funcionario. Fue senador. Fue operador. Fue engranaje de un sistema que durante años se vendió como normalidad institucional mientras abajo se multiplicaban los contratos sospechados, los cheques cobrados y los mecanismos para sacar plata del Estado.

Paraguay encontró departamentos. ARROYO SALGADO EMPRESAS Y PROPIEDADES. Entre Ríos todavía está buscando excusas.

Ese es el contraste brutal. Afuera miran patrimonio. Acá discuten pericias. Afuera preguntan por el origen del dinero. Acá muchas veces se intenta correr el foco hacia quienes denunciaron la corrupción. Afuera embargan bienes. Acá se entretienen con maniobras procesales, dilaciones y carpetazos selectivos.

La causa de los contratos truchos es la radiografía perfecta de esta enfermedad. Años de investigación, centenares de contratos bajo sospecha, un perjuicio millonario al Estado y una sensación insoportable: cuando la investigación empieza a acercarse al corazón del poder, aparecen los frenos, los tecnicismos, las internas y las maniobras para que todo se vuelva lento, confuso e interminable.

Pero los entrerrianos ya entendieron lo esencial.

No fue un error administrativo.

No fue una desprolijidad.

No fue un contrato mal cargado.

Fue un sistema.

Un sistema para extraer plata pública. Un sistema para repartir fondos. Un sistema para financiar política, sostener estructuras, enriquecer vivos y usar perejiles como pantalla. Un sistema que no pudo haber funcionado durante años sin protección, sin silencio y sin complicidades.

Por eso molesta tanto el que denuncia. Porque el denunciante rompe el pacto de silencio. Porque pone nombre donde otros quieren poner expediente. Porque pregunta por la plata cuando otros quieren hablar de formas. Porque apunta al poder cuando algunos prefieren perseguir al mensajero.

En Entre Ríos se naturalizó una inversión moral escandalosa: el problema no parece ser el saqueo, sino quien lo cuenta. No parece ser la corrupción, sino quien la denuncia. No parece ser el funcionario enriquecido, sino el que pregunta cómo se enriqueció.

Y ahora Paraguay nos devuelve el espejo.

Seis departamentos.

Seis cocheras.

Un exsenador entrerriano imputado por presunto lavado.

Una investigación que avanza sobre bienes concretos.

Y una provincia que todavía debe una explicación política, judicial e institucional mucho más profunda.

Porque Kueider no es solamente Kueider. Es un síntoma. Es la postal internacional de una matriz provincial de impunidad. Es la consecuencia de años de organismos de control débiles, dirigencias cómplices, oposiciones decorativas, jueces prudentes con los poderosos y fiscales que muchas veces llegan cuando el incendio ya consumió media provincia.

La pregunta que debería ordenar todas las causas de corrupción en Entre Ríos es una sola: ¿dónde está la plata?

Dónde están los bienes.

Quién cobró.

Quién firmó.

Quién autorizó.

Quién protegió.

Quién auditó.

Quién calló.

Quién se enriqueció.

Y quiénes pretenden ahora transformar al denunciante en acusado para que el verdadero sistema quede a salvo.

La política entrerriana tiene una larga tradición de hacerse la sorprendida frente a sus propios monstruos. Cuando el escándalo estalla, nadie conoce a nadie. Nadie llamó. Nadie acompañó. Nadie compartió boleta. Nadie lo puso. Nadie lo sostuvo. Nadie sabía.

Pero todos sabían.

Sabían cómo funcionaba el poder. Sabían quiénes manejaban la caja. Sabían qué dirigentes crecían patrimonialmente sin explicación. Sabían que los contratos eran una maquinaria. Sabían que los organismos de control estaban pintados. Sabían que había funcionarios que entraban a la política con una mano atrás y otra adelante y salían con departamentos, campos, autos, sociedades y cuentas imposibles de justificar.

La impunidad entrerriana no nació por falta de información.

Nació por exceso de complicidad.

Por eso, la novedad paraguaya no debe leerse como una noticia aislada. Es una oportunidad para volver a mirar hacia adentro. Para preguntarnos qué hizo Entre Ríos durante todos estos años. Qué hicieron sus jueces. Qué hicieron sus fiscales. Qué hizo el Tribunal de Cuentas. Qué hizo la Legislatura. Qué hicieron los gobernadores. Qué hicieron los partidos. Qué hicieron los que hoy se disfrazan de indignados pero ayer administraban el silencio.

La Caldera lo viene diciendo: no hay corrupción grande sin cobertura institucional.

No hay contratos truchos sin firmas.

No hay saqueo sostenido sin controles anulados.

No hay enriquecimiento inexplicable sin protección política.

No hay Kueider sin sistema.

Y ese sistema todavía respira.

Respira cada vez que se usa una pericia para dilatar y no para esclarecer. Respira cada vez que se persigue a quien denuncia la corrupción. Respira cada vez que se pone la lupa sobre el mensajero y no sobre los bolsillos llenos. Respira cada vez que se habla de prudencia institucional para no tocar al poder.

Paraguay encontró los departamentos.

Ahora Entre Ríos debería encontrar la vergüenza.

Y, sobre todo, debería encontrar la decisión política y judicial de hacer lo que corresponde: seguir la ruta de la plata, recuperar lo robado, identificar a todos los responsables y terminar con la costumbre miserable de castigar al que denuncia mientras los corruptos negocian, dilatan o se esconden detrás de expedientes eternos.

El problema no son los denunciantes.

El problema es la corrupción.

El problema son los que robaron.

El problema son los que dejaron robar.

Y el problema son los que todavía creen que, persiguiendo a quienes prenden la luz, van a poder esconder para siempre la mugre acumulada debajo de la alfombra entrerriana.