Hay algo que no termina de cerrar en ciertos discursos que empiezan a aparecer dentro del peronismo entrerriano. Después de años denunciando la falta de debate interno, la ausencia de competencia real y el control cada vez más cerrado de las estructuras partidarias, algunos dirigentes parecen haber descubierto que el verdadero problema no era la falta de democracia, sino haberse animado a desafiarla. De repente, quienes decidieron competir por afuera o cuestionar el rumbo del partido aparecen pidiendo disculpas, buscando reconciliaciones públicas y tratando de volver a una casa de la que, según ellos mismos sostenían hasta hace poco, habían sido expulsados por la falta de participación.
La pregunta es inevitable: ¿pedir perdón por qué? Si no hubo internas, si no hubo reglas claras para competir, si no existieron mecanismos genuinos para canalizar las diferencias, ¿cuál fue el pecado cometido? ¿Intentar representar una alternativa? ¿Expresar una mirada distinta? ¿Negarse a aceptar disciplinadamente decisiones tomadas por un pequeño grupo? Porque si las críticas que se hacían eran ciertas, entonces no hay nada que disculpar. Y si no eran ciertas, entonces corresponde explicar por qué durante años se construyó un discurso que ahora parece abandonarse de un día para otro.
Lo preocupante es que detrás de la palabra «unidad» empieza a esconderse una idea cada vez más vacía. Se habla de juntar a todos, de cerrar heridas, de olvidar diferencias y de construir una síntesis superadora. Suena bien. El problema es que nadie explica para qué. Porque una cosa es construir una mayoría política con objetivos claros y otra muy distinta es amontonar dirigentes que piensan exactamente lo contrario sobre casi todos los temas importantes. ¿Unidad entre quiénes? ¿Entre los que defendieron determinadas políticas y quienes las denunciaron? ¿Entre quienes reclamaban renovación y quienes llevan décadas ocupando los mismos espacios? ¿Entre quienes cuestionaban determinadas prácticas y quienes fueron sus principales beneficiarios?
La política deja de ser un proyecto cuando se convierte únicamente en un refugio. Y muchas veces da la impresión de que ciertas convocatorias a la unidad no buscan resolver los problemas de los entrerrianos sino los problemas de algunos dirigentes. El ciudadano común no está esperando una foto de reconciliación. No está preocupado por quién vuelve al partido ni por quién recupera un lugar en una lista. Está preocupado por la inseguridad, por los salarios que no alcanzan, por la falta de oportunidades para los jóvenes y por el deterioro de servicios básicos que siguen sin encontrar respuestas.
Por eso resulta llamativo que algunos parezcan más preocupados por conseguir una absolución política que por sostener las convicciones que los llevaron a tomar distancia. La coherencia tiene costos. Siempre los tuvo. Lo que no puede ocurrir es que las convicciones duren exactamente hasta el momento en que aparece la posibilidad de volver a sentarse en la mesa de los que toman decisiones. Cuando eso sucede, la discusión deja de ser ideológica y pasa a ser simplemente administrativa.
Tal vez el peronismo necesite unidad. Tal vez necesite reconstruirse después de las derrotas. Pero la unidad verdadera no se construye sobre pedidos de perdón ni sobre actos de contrición pública. Se construye sobre reglas claras, debate abierto y respeto por las diferencias. Lo demás corre el riesgo de transformarse en una simple operación de supervivencia colectiva donde todos se abrazan, nadie explica nada y los únicos que siguen esperando respuestas son los entrerrianos.






















