En Paraná el problema no es nuevo: caños rotos, presión irregular, cortes eternos, barrios enteros sin servicio y vecinos que ya no saben si abrir la canilla o directamente rezar. Lo que sí parece renovarse —con una puntualidad asombrosa— es la capacidad del municipio para crear cargos y acomodar organigramas, aunque el agua no aparezca.

Esta vez, la intendenta Rosario Romero firmó un decreto para designar a un nuevo Director General de Agua – Zonas Centro y Suroeste, con categoría jerárquica (Categoría 43) dentro de la estructura de Obras Sanitarias y Recursos Hídricos. El designado es Luis Mario Turi, agente municipal, a quien además se le mantiene su cargo de planta permanente.
Pero hay un detalle que explica el verdadero sentido de la medida: el decreto no se limita a nombrar. También autoriza a pagar mensualmente la diferencia salarial entre el cargo que ya tenía y el nuevo puesto otorgado. Es decir: no hay un plan, no hay una solución, pero sí hay una decisión administrativa para consolidar un nuevo escalón de poder y sueldo dentro de un área que viene fallando hace años.
Y acá está el punto central: el agua no se arregla con más cargos.
El vecino no necesita un “Director General” más. Necesita presión, reparaciones, obras reales, cronogramas, información clara, equipos en la calle y una gestión que deje de tratar el servicio básico como si fuera un problema secundario.
Porque lo que indigna no es un nombre propio. Es el método.
Cuando un gobierno no puede mostrar resultados, suele elegir el atajo: reorganizar, dividir zonas, crear jefaturas, sumar directores, y vender eso como “respuesta”. Pero la realidad es brutal: si el agua sigue sin llegar, la estructura es humo.
La sensación en la calle es simple: los caños no funcionan, el sistema no funciona, y los funcionarios tampoco. Entonces, en vez de cambiar lo que está mal —con auditoría, control, metas y consecuencias— se agrega otro funcionario, como si el problema fuese “falta de escritorio” y no falta de gestión.
En Paraná, cada vez que el servicio colapsa, la respuesta parece repetirse: más papeles, más cargos, más firmas. Mientras tanto, el vecino sigue pagando, esperando, y juntando agua como puede.
Y así, lo que debería ser una política pública esencial termina pareciendo una mecánica conocida: cuando el agua falta, lo único que no falta es la política acomodándose a sí misma.























