Rosario Romero, de nuevo de campaña. La Intendenta de Paraná parece vivir en modo electoral constante: todo el tiempo anuncios, todo el día fotos, sonrisas, recorridas, reuniones para la cámara y frases cuidadosamente empaquetadas. Campaña, campaña, campaña.
La escena se repite como rutina: una foto, un acto, un posteo, un “estamos trabajando”. Pero la calle devuelve otra cosa. La gestión no se ve con la misma intensidad con la que se ve la candidata. Y cuando la prioridad es sostener presencia pública todos los días, la ciudad queda en segundo plano, como si gobernar fuera un accesorio del armado político.
Mientras tanto, Paraná sigue acumulando reclamos que no se arreglan con storytelling: servicios que fallan, deterioro urbano, barrios cansados de esperar.
En ese contraste —la capital real versus la capital de las fotos— es donde la imagen de Romero se desgasta: mucho movimiento comunicacional, poco resultado tangible.Y alrededor del poder municipal, como suele pasar cuando hay más marketing que administración, crecen los comentarios y la desconfianza: sospechas, “amigos”, contrataciones, manejos discutidos, un clima de opacidad que alimenta el murmullo de siempre.
No hace falta gritarlo: alcanza con mirar cómo se multiplican las señales cuando la gestión se transforma en escenografía.
La pregunta, al final, es simple y demoledora: ¿se gobierna Paraná o se gobierna Instagram?
Porque para aspirar a la Provincia hay que mostrar algo más que presencia. Hay que mostrar gestión. Y hoy, la balanza parece inclinada para el lado de la campaña.






















