Luciano Garro, ex periodista del universo de Daniel Enz y hoy funcionario de peso en Gualeguaychú, quedó bajo investigación por el manejo de contrataciones que superan los 300 millones de pesos. Hasta ahora, lo que está públicamente confirmado es la existencia de una denuncia penal y una investigación fiscal por adjudicaciones directas a la cooperativa “Los Amigos”.
No deja de ser una postal perfecta de esta época: tipos que durante años hablaron como dueños de la moral pública, señalaron a todos, repartieron certificados de decencia y terminaron envueltos en aquello mismo que decían combatir. Se ve que era más fácil dar cátedra frente a una cámara que explicar después el destino de la plata pública.
Y no es un mundo nuevo ni un caso aislado. En ese mismo ecosistema aparece Mario René Wolff Furlong, ex policía, ex socio y productor de Daniel Enz en Cuestión de Fondo, condenado a 22 años de prisión por la causa de abusos en Oro Verde y luego exonerado de la Policía de Entre Ríos.
También forma parte de esa trama el caso de Bachetti, hijo de Aldo Bachetti, denunciado y convertido en pieza de una mecánica de disciplinamiento contra periodistas que no eran del agrado del poder de turno. Y, como si faltara una imagen más brutal de la doble vara, al comienzo mismo de la gestión, en pleno festival de discursos sobre cambio, austeridad y eliminación de privilegios, Garro protagonizó el episodio del vehículo municipal destrozado en el puente Zárate-Brazo Largo.
Siempre la misma historia: hablan de transparencia con tono sacerdotal, pero administran el poder con la bragueta abierta. Predican república, pero viven del acomodo. Se indignan con la corrupción ajena, pero cuando les toca dar explicaciones propias piden prudencia, silencio o tiempo.
La moraleja es sencilla: en Entre Ríos, demasiados predicadores de la moral pública terminaron siendo apenas empleados de la hipocresía.






















