Rosario Romero, Laura Stratta, Adrián Fuertes, Stefanía Cora, Jorge José Bailo, José Cáceres, Silvia Moreno, Lorena Arrozogaray, Silvina Deccó, Gonzalo García Garro y los mismos apellidos de siempre volvieron a aparecer bajo el rótulo de “equipos técnicos” del peronismo entrerriano. La enumeración impacta porque explica todo: no hay renovación, no hay autocrítica, no hay apertura y no hay futuro visible. Es la misma foto del 2023, la de los que perdieron, la de los que cerraron el partido, la de los que no dejaron competir una interna real y ahora pretenden maquillarse como especialistas.
El problema no es que se reúnan. El problema es que pretendan vender como “equipos técnicos” a la misma dirigencia que ya tuvo el poder, los cargos, los contratos, los ministerios, las bancas, los municipios y los presupuestos. No son técnicos: son sobrevivientes del aparato. Y, en muchos casos, expertos no en resolver los problemas de la provincia, sino en administrarlos, encubrirlos o vivir de ellos.
No son equipos técnicos. Son autopercibidos técnicos del aparato. Expertos, en todo caso, en sobrevivir dentro del Estado, en administrar cargos, en repartir contratos, en sostener estructuras y en convertir al PJ en una maquinaria cerrada sobre los mismos nombres. Técnicos de la derrota, si se quiere: porque fueron esos sectores los que llevaron al peronismo a perder la provincia después de veinte años, a perder Paraná y a perder Concordia después de casi cuarenta años de dominio político.
La foto tiene un peso político enorme porque muestra al PJ que no entendió nada. Romero aparece como proyección de un peronismo de Paraná que fue parte del fracaso provincial; Stratta vuelve a escena pese a cargar con una etapa atravesada por subsidios, créditos, contratos y empleos legislativos truchos; Fuertes, Cora, Cáceres, Moreno, Arrozogaray, Deccó y Bahilo completan una postal conocida: la de una dirigencia que habla de renovación mientras se abraza a la misma estructura que la sociedad castigó en las urnas.
Párrafo aparte merece Gonzalo García Garro. No es un militante más: ocupa un cargo en un organismo constitucional que controla jueces. Esa ubicación institucional exige prudencia, independencia y una distancia mínima respecto de la actividad partidaria abierta. Pero en Entre Ríos la impunidad política permite estas mezclas: se puede integrar un organismo sensible para el control judicial y, al mismo tiempo, aparecer orbitando en el armado del PJ como si nada ocurriera.
Desde La Caldera se viene contando hace años el detrás de escena de estos mismos apellidos: contratos truchos, subsidios inexplicables, estructuras legislativas infladas, cajas políticas, empleos partidarios y acomodos familiares. Por eso la derrota de 2023 no fue un accidente electoral ni un problema de comunicación. Fue la consecuencia de una forma agotada de ejercer el poder.
Llamar “equipos técnicos” a esa foto es casi una provocación. No aparecen allí los técnicos de la producción, de la educación, de la salud, de la industria, del trabajo o de la universidad. Aparecen los mariscales de la derrota intentando conservar el control del PJ después de haberlo llevado al precipicio.
La sociedad ya vio esa foto. La rechazó en 2023, cuando el PJ perdió la provincia después de veinte años, y la volvió a rechazar en 2025, cuando esa misma lógica política volvió a ser derrotada por casi treinta puntos. No es un problema de nombres mal comunicados ni de falta de marketing: es el agotamiento de una dirigencia que insiste en presentarse como solución cuando ya quedó identificada como parte central del problema.























