La Caldera

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La Justicia que mira para otro lado (carta deseperada de una madre)

Otra vez: una madre en Entre Ríos grita “auxilio” en redes porque su hijo está atrapado por la cocaína, porque entra a robarle a su propia casa, porque tiene antecedentes, porque debe plata, porque teme que vayan a tirotear su vivienda, porque hay un bebé de cuatro meses bajo el mismo techo, porque ya hubo denuncias, pedidos de ayuda, pedidos de internación involuntaria, y lo único que obtiene del sistema es una “restricción” que nadie controla y que el agresor nunca cumple.Ese posteo no es un “caso aislado”.

Es el resumen brutal de un patrón: familias enteras arrojadas al abandono institucional mientras el problema real —la droga, el narcomenudeo, la violencia asociada, las amenazas y la extorsión cotidiana— se administra con sellos, excusas y papeles. Y cuando el papel falla (porque falla siempre), el sistema se lava las manos.

Hasta que ocurre la tragedia. Recién ahí aparecen los comunicados solemnes, los “se investiga”, los “se lamenta”, los “se adoptaron medidas”. Tarde. Siempre tarde.

Lo verdaderamente escandaloso es que la Justicia conoce estas situaciones. Las escucha. Las registra. Las archiva. Las deriva. Las patean de oficina en oficina como si fueran un expediente molesto, un conflicto doméstico, una “incidencia” que no merece trabajo real. Se redacta una resolución de compromiso, se dicta una restricción que no se controla, se hace como que se actuó y se vuelve al confort del trámite mínimo.

Mientras tanto, la madre queda sola. Y su casa queda marcada. Y los vecinos saben. Y la cuadra sabe. Y el barrio sabe. Y los que venden saben. Y los que cobran saben. Y los que amenazan saben. Todos saben menos el Estado, que se finge ciego porque mirar implica intervenir, y intervenir implica riesgos, horas, decisiones, y asumir responsabilidades.

La mezcla obscena de fueros: cuando todo es “lo mismo” y nada se resuelve

En lugares como Victoria, los ejemplos de superposición de competencias, de idas y vueltas entre lo penal, lo civil y lo de familia, exhiben una deformación que roza el absurdo: un mismo drama humano tratado como tres carpetas distintas, con respuestas incompatibles o, peor, con respuestas formales que jamás se vuelven protección efectiva.

Cuando ese esquema se naturaliza, aparece el espectáculo más degradante: audiencias, escritos, pases, dictámenes, “medidas” y “prohibiciones” que se firman como si alcanzaran por sí mismas.

Pero la realidad es otra: si nadie controla, si nadie ejecuta, si nadie articula salud mental, fuerzas de seguridad, fiscalía y juzgado, entonces la resolución es apenas una coartada. Un papel para cubrirse.Y ahí nace esa sensación —cada vez más extendida— de que existe una industria de la resolución mínima: se hace lo justo para dejar constancia, no lo necesario para evitar el daño.

Paraná, La Paz y la “zona liberada” que todos comentan

En Paraná se repite el esquema: reclamos desesperados que chocan con una pared de formalidades.

En La Paz, los relatos se acumulan con el mismo olor: “zona liberada”, barrios donde “se habla y se habla”, donde el miedo se vuelve costumbre, donde la gente aprende que denunciar es exponerse y que pedir auxilio es quedar identificado. Y frente a ese clima, la Justicia responde con distancia, burocracia y silencio.El mensaje que baja a la sociedad es devastador: “arreglate como puedas”.

Después vienen los paros, las ferias, los reclamos… y el cinismoLo más indignante es el contraste.

Mientras estas familias viven con pánico real —pánico a que les entren, a que los amenacen, a que maten a alguien, a que un bebé quede en medio de la violencia— el sistema judicial conserva intacta su capacidad de reclamar privilegios: paros, comunicados, críticas corporativas, exigencias salariales, meses de feria, discursos sobre “la independencia” como si independencia fuera sinónimo de impunidad administrativa.

Y cuando alguien señala esa distancia obscena, se ofenden. Piden respeto. Piden comprensión. Piden “no generalizar”.

Pero ¿cómo no generalizar cuando los casos se repiten con la misma estructura? ¿Cómo no denunciar un sistema que solo reacciona cuando el daño ya está hecho?Si un trabajador común falta, lo sancionan. Si un médico abandona una guardia, es un escándalo. Si un funcionario no responde, hay responsabilidad política.

Pero si un tribunal decide “no meterse”, si un juzgado se contenta con una restricción incumplida, si se deja a una familia a la intemperie, el sistema se autoprotege con tecnicismos.

Eso no es Justicia: es corporación.No es “un drama familiar”: es seguridad pública y derechos humanosEste tipo de casos no son “problemas privados”.

Son un punto de encuentro entre:violencia familiar real,adicciones sin respuesta sanitaria suficiente,narcomenudeo que domina el territorio,amenaza armada como método de cobro,niños y bebés expuestos,y un Estado que mira desde la vereda de enfrente.

Cada expediente dormido, cada medida sin control, cada denuncia minimizada, es una invitación a la tragedia.La pregunta que queda, incómoda y necesaria¿Qué espera la Justicia?¿Que la maten?¿Que mate a alguien?Cuando una madre llega a escribir eso, no está haciendo política: está avisando que el Estado ya perdió el control del conflicto.

Y si el Estado no actúa, la responsabilidad no es “del destino”. Es institucional.No hace falta inventar monstruos: alcanza con describir lo que ya ocurre. La violencia vinculada a la droga crece. Las familias piden auxilio. Y el sistema judicial —en demasiados casos— responde con el mínimo trámite para poder decir, mañana, que “se hizo algo”.

Lo que falta no es un sello. Falta coraje institucional. Falta trabajo real. Falta una Justicia que entienda que la vida de la gente vale más que la comodidad del expediente.Y si eso suena duro, es porque lo duro ya está pasando allá afuera.

La diferencia es que hoy le pasó a esa madre. Mañana puede ser cualquiera. Y entonces sí: todos van a preguntar “cómo pudo pasar”.

Pasó porque pasó antes. Y porque nadie quiso meterse.