La Caldera

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Con la llegada del Carnaval, se espera aparezcan las autoridades ante el abandono en Victoria

Con el reinicio de la temporada carnavalesca, en Victoria volverían a aparecer las autoridades. Las mismas que durante meses brillaron por su ausencia hoy reaparecen con el inicio del Momo, como si la gestión pública fuese un calendario de fiestas: cuando hay corsos, hay presencia; cuando hay que gobernar, se esfuman.

Pero Victoria no está para maquillaje. La ciudad está detonada, y las redes sociales lo vienen mostrando sin descanso: calles rotas, servicios deficientes, desorden, desidia, un estado paupérrimo que ya no se puede tapar con una sonrisa ni con un desfile. Y en el centro de ese abandono se percibe una conducción municipal que parece estar disponible para el palco, no para el barro. A Castagnino pareciera interesarle más la fiesta que la ciudad real.

El contraste es cruel: en estos tiempos hubo hechos gravísimos, violencia, femicidios, y mujeres sosteniendo trabajos con jornadas extendidas en condiciones paupérrimas. ¿Dónde estuvo el Estado en esos momentos? No estuvo. La presencia se activa cuando hay anuncios, fotos y discursos; pero cuando la vida aprieta, el acompañamiento se vuelve silencio. Y así, el “cupo femenino” termina funcionando como coartada: un lugar en la lista para el verso, para el relato, para la tribuna, pero sin políticas concretas ni responsabilidad real cuando la urgencia es auténtica.

Y como si faltara algo, después de la feria empezaría a tomar forma—según se comenta en la ciudad—una denuncia penal por peculado vinculada al Casino Victoria. La versión que circula es clara: que Roberto Camino habría gestionado la concesión o habilitación de un espacio público municipal, como el estacionamiento del casino, que estaría cedido mediante un permiso de uso con un destino específico: estacionamiento, no explotación comercial ni lucro. Si se permitió un uso distinto del autorizado, el interrogante es inevitable: ¿quién lo permitió, con qué fundamento, y a quién benefició? Porque lo público no se entrega para negocios por la puerta de atrás.

En ese marco, la desconfianza crece. Se comenta también que el sistema de investigación penal no es ajeno a las roscas: que los fiscales responden a Gamal Taleb, con vínculos de militancia con Laura Stratta. Será cierto o no, pero el punto es otro: la sociedad ya no tolera la sospecha permanente de impunidad, ni la sensación de que hay una justicia para el vecino y otra para el poder.

La paciencia social se está rompiendo. Victoria ve cómo la política aparece con el carnaval, pero desaparece con los problemas. Y cuando el abandono se vuelve rutina, y encima huele a manejo irregular de lo público, el humor cambia: la gente deja de esperar gestos y empieza a exigir respuestas.