La Caldera

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Colegio de Abogados con transparencia de la carta: piden en Crespo lo que no piden en Victoria

A la gente hay que decirle las cosas como son, sin vueltas y sin miedo al título rimbombante: hay transparencia de la carta y transparencia de verdad.

La primera sirve para los comunicados, para la selfie institucional y para quedar bien cuando la cámara apunta a otra ciudad. La segunda exige coherencia, incomoda, y obliga a mirar lo que pasa en casa.

Y ahí es donde aparece el problema: el “ex Presidente” del Colegio de Abogados —con su mirada selectiva y su memoria frágil— reclama concurso para el Juzgado de Paz de Crespo, pero no pone la misma energía, ni la misma voz, ni el mismo escándalo público para Victoria.

Y Victoria no es un lugar donde falte fundamento normativo: hay una ordenanza vigente (la N.º 4.230) que establece que la terna del Juez de Paz de Victoria debe surgir de un Concurso Público de Oposición y Antecedentes, con etapas objetivas (antecedentes, examen escrito, entrevista).O sea: si el concurso es la bandera, en Victoria la bandera ya está clavada en el suelo.

Lo que falta no es norma. Lo que falta es voluntad, presión y coherencia. Y lo que sobra es silencio.¿Por qué el silencio? Porque en Victoria el concurso no es una discusión abstracta: es un espejo que devuelve una imagen incómoda.

Es la ciudad donde hace tiempo se concursa poco y se normalizan los “movimientos”, las suplencias y los interinatos que se estiran como chicle hasta convertirse en sistema.

La justicia se administra como carrera por tramos: hoy suplente, mañana coordinador, pasado “quedado”, siempre dentro del circuito.

Y, cuando se lo mira así, el reclamo por Crespo deja de ser un acto republicano y empieza a parecer lo que muchos ya ven: una transparencia por conveniencia.

El caso que expone la contradicción tiene nombre y apellido en Victoria: Carlos Omar Pacher.

No como enemigo personal de nadie, sino como símbolo del mecanismo. Porque el concurso que hoy se reclama para Crespo no se reclama con el mismo fervor cuando el cargo toca al propio entramado, cuando el beneficiario real es “El Amigo”, el segundo, el que era carne y uñas, “cuerpo y sombra”, el que iba a todas partes con el presidente del Colegio.

Ahí la memoria se vuelve frágil. Ahí el concurso se relativiza. Ahí aparece el interinato eterno como solución cómoda.Y para que el público entienda de qué hablamos: Pacher no es presentado como un producto de una carrera judicial probada por concursos y antecedentes jurisdiccionales sólidos, sino como alguien que venía del ecosistema corporativo, del estar siempre, de la cercanía, del acompañamiento permanente.

Un mediador —según lo que se comenta en los pasillos— que creció por presencia y vínculo, no por examen. En un sistema sano eso no alcanza. En un sistema de acuerdos, alcanza y sobra.La trama, además, tiene episodios que en Victoria se recuerdan bien: después de la última aparición pública fuerte de Pacher como hombre del Colegio, se lo vio en un ámbito que no es casual —las oficinas de Aramberri— y, de ahí, pegó el salto a un lugar de poder real, el escritorio donde las decisiones dejan de ser brindis y pasan a ser destinos.

En otras palabras: de la vida interna del Colegio a los cargos, por la ruta que no se rinde en examen, se rinde en confianza.

Mientras tanto, Victoria sigue siendo el ejemplo perfecto de “provisorios eternos”. Y no es un invento retórico: también en el plano municipal se mostró cómo, cuando no hay método o no hay acuerdo, se impone el parche. Está publicado que, ante la falta de consenso en el Concejo, la intendenta de Victoria designó un juez de faltas interino por decreto.

Eso no prueba nada por sí solo sobre el Juzgado de Paz, pero sí dibuja el clima: lo interino como sistema, lo excepcional como costumbre.

A esto se le suma otro dato que en Victoria se comenta con fastidio: el Colegio local, en los hechos, tiene una vida institucional mínima. Se cobra el ticket de la cédula, se organizan dos o tres brindis al año, y poco más. Y aun así —paradoja entrerriana— ese sello alcanza para influir, acercar, abrir puertas y sostener carreras.

Ni siquiera pudieron sostener algo tan básico como el estacionamiento frente a tribunales: se perdió y terminó en manos privadas.

Cuando una institución no puede defender lo mínimo para su matrícula pero sí logra operar en la rosca de cargos, el público no necesita doctrina: entiende solo.Por eso el informe es sencillo y a la vez demoledor: si el expresidente del Colegio de Abogados quiere hablar de concursos, que empiece por Victoria.

Que diga qué hizo para que se cumpla la ordenanza que manda concurso. Que explique por qué el reclamo aparece en Crespo y se apaga en Victoria. Que aclare por qué la transparencia se exige con megáfono cuando el cargo está lejos, pero se administra con guantes cuando el cargo toca al círculo propio.En definitiva: lo de Crespo podrá ser una buena consigna. Pero Victoria revela la verdad del sistema. Y la verdad, cuando se la mira sin maquillaje, es esta: la transparencia no puede ser un menú a la carta.

Porque cuando lo es, deja de ser transparencia y pasa a ser —simplemente— una herramienta de poder con memoria frágil.—