La Caldera

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CACERES exige disculpas por las cámaras pero no pide perdon por lo que robo en la Cámara

José Cáceres exige “disculpas públicas” por las cámaras halladas en despachos oficiales, apoyado en la reconstrucción periodística que señala que el sistema habría sido instalado en 2018 y desactivado en 2019. Pero el título real del escándalo es otro: Cáceres pide perdón por lo que pasa en una cámara, y no pide perdón por lo que pasó en su Cámara.
Y antes de que alguien intente correr el debate: esto no es una campaña a favor de Frigerio. Este medio lo cuestiona con dureza cuando hay transformaciones que no aparecen, cuando abundan medidas de maquillaje y reformas a media máquina. Justamente por eso molesta más: porque el peronismo podría plantarse con seriedad, pero aparece Cáceres a pedir “disculpas públicas” y lo único que genera es vergüenza ajena.
Si Cáceres quiere hablar de institucionalidad, que empiece por explicar lo que —según investigaciones periodísticas— funcionó en el Senado entrerriano como “mesa de dinero”: un circuito financiero interno, un “cambio” montado en oficinas públicas, en tiempos donde el país vivía restricciones cambiarias. Esa historia no la inventó un tuit: fue publicada como investigación y derivó en expedientes y menciones judiciales en notas posteriores. Y en ese universo aparecen los nombres que vos marcás: Lautaro Schiavoni (Prosecretaría) y Mauro Urribarri (Secretaría del Senado), mencionados en coberturas que los vinculan al clima y a los señalamientos del caso.
Después está el capítulo que el peronismo de aparato nunca quiere mirar de frente: los familiares. No hablamos de “errores administrativos”, hablamos de una cultura política. Hay publicaciones periodísticas que describen nombramientos y recategorizaciones al final de aquella gestión en el Senado, con decretos firmados por Cáceres y, según el caso, por Schiavoni o por Mauro Urribarri. Ahí figura, por ejemplo, la designación de Rita María Eva Cáceres por decreto con fecha retroactiva. Y también aparecen decretos firmados por Cáceres y Schiavoni favoreciendo al hijo mayor de Urribarri.
Otro párrafo inevitable: la “militancia”. La militancia de Cáceres —la que se ve y se padece— no es épica ni doctrina: es aparato rentado, batucada, grupos pagos para hacer bulto, y el “Grupo Paraná” como utilería de poder. Bombos para tapar gestión, fotos para simular calle, y contratos para aceitar la maquinaria. Esa es la degeneración: cuando el partido deja de ser comunidad política y se convierte en empresa de administración de cargos.
Y ahí entra el núcleo de la bronca social: la generación ñoqui. La provincia obligada a tragarse “talentos” cuyo único currículum es ser sobrino de alguien, vivir del Estado, cebar mate y mirar pasar la vida desde un escritorio que paga el contribuyente. Mientras la gente labura, el aparato cobra. Mientras el vecino ajusta, el aparato se blinda. Y después aparecen a pedir “disculpas públicas” como si fueran externos al desastre.
Por eso, exigir disculpas públicas por las cámaras es una escena de cinismo: estos tipos condenaron al peronismo a que gran parte de la sociedad lo perciba como una horda de ladrones. Si Cáceres quiere que alguien pida perdón, que arranque por lo más simple y lo más difícil: pedir perdón por lo que hicieron en la Cámara, por el Estado tomado por familias, por el aparato rentado y por la cultura del contrato como moneda política. Recién ahí —con vergüenza verdadera— puede hablar de disculpas ajenas.

Los dueños del SENADO de CACERES