La Caldera

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ANGEL GIANO Y FRANCISCO AZCUE: LA POLÍTICA DE LOS QUE SE ACUSAN DE DÍA Y SE ABRAZAN DE NOCHE. ¿NADIE LE RECUERDA LOS HIJOS DE BAHL?

Ángel Giano salió a criticar a Francisco Azcué como si fuera un recién llegado a la política. Pero fue presidente de bloque durante los años del escándalo de los contratos truchos, luego presidió la Cámara de Diputados y terminó admitiendo que designó en planta permanente a dos hijos de Adán Bahl. El dirigente que hoy habla de gestión fue parte del mismo sistema que vació la confianza de los entrerrianos en el Estado.

Ángel Giano volvió a dar lecciones. En campaña, con tono de profesor de administración pública, salió a cuestionar la gestión de Francisco Azcué en Concordia. Habló de prioridades, de Estado, de conducción, de sensibilidad social. Lo hizo como si no tuviera historia. Como si no hubiera ocupado cargos durante años. Como si no hubiese sido parte del poder real que gobernó Entre Ríos y Concordia mientras se consolidaban algunos de los peores vicios de la política provincial.

Pero Giano no es un comentarista externo. No es un vecino sorprendido por la decadencia. No es un técnico independiente que observa desde afuera. Giano fue protagonista del sistema.

Fue presidente de bloque en tiempos en que la Legislatura entrerriana quedó atravesada por el escándalo de los contratos truchos. Fue parte de esa estructura política que miró para otro lado mientras el Estado era utilizado como una maquinaria de contratos, nombramientos, favores y financiamiento político. Luego fue presidente de la Cámara de Diputados, es decir, máxima autoridad de uno de los ámbitos donde debían cuidarse los recursos públicos.

Y desde ese lugar quedó expuesto en una de las escenas más vergonzosas de la política entrerriana reciente: la designación en planta permanente de dos hijos de Adán Bahl.

No lo dijo un adversario. No lo inventó nadie. Lo admitió el propio Giano. Reconoció públicamente que los designó a pedido de Bahl y que se arrepentía. Esa sola frase debería alcanzar para terminar con cualquier pretensión de dar clases de ética pública.

Porque acá no se discute un error menor. Se discute una forma de entender el Estado. Para algunos dirigentes, el Estado fue durante años una agencia de empleo para amigos, parientes, militantes y socios políticos. Mientras al ciudadano común se le exige mérito, concurso, sacrificio y paciencia, los hijos del poder entraban por la ventana, con decreto, firma y sueldo asegurado.

Giano hoy critica a Azcué. Y Azcué, si tiene algo de vergüenza política, debería contestarle con nombre y apellido. Debería recordarles a los concordienses quiénes administraron durante décadas la ciudad y la provincia. Debería decir que quienes hoy hablan de gestión dejaron pobreza, dependencia, estructuras infladas y un Estado colonizado por la política.

Y si alguien tenía autoridad para denunciar y exponer los mecanismos de corrupción que durante años dominaron Concordia era precisamente Francisco Azcué. No era un dirigente recién llegado ni un observador externo. Era fiscal. Conocía los expedientes, conocía los nombres, conocía las estructuras y conocía cómo funcionaba el poder político local. Construyó buena parte de su capital político enfrentando públicamente al crestismo y denunciando prácticas que presentaba como símbolos de una etapa agotada. Por eso resulta legítimo que muchos ciudadanos se pregunten qué ocurrió después. Porque una vez llegado al gobierno, aquella confrontación frontal parece haberse transformado en una convivencia mucho más cómoda. Quienes escucharon las denuncias contra el sistema que encabezaba Enrique Cresto esperaban una ruptura definitiva con esas prácticas, no una administración donde muchas veces pareciera que las diferencias fueron más electorales que de fondo. La decepción no nace de que Azcué sea igual a los anteriores; nace de que prometió ser distinto. Y cuando quienes prometen terminar con un sistema terminan conviviendo con parte de él, la sensación que queda en la sociedad es que, al final, para algunos dirigentes las denuncias duran lo que dura una campaña.

Porque si Giano puede caminar Concordia dando clases de administración sin que nadie le recuerde su paso por el Estado, entonces el problema no es solamente Giano. El problema es una dirigencia que se acomoda, negocia, mide costos y evita decir lo evidente: los mismos que fundieron la confianza pública ahora quieren volver disfrazados de solución.

El peronismo entrerriano tiene derecho a hacer oposición. Nadie discute eso. Pero no puede hacerlo desde la amnesia. No puede hablar de transparencia sin explicar los contratos truchos. No puede hablar de gestión sin explicar los nombramientos familiares. No puede hablar de sensibilidad social después de haber sido parte de un modelo que dejó a Concordia hundida en la pobreza mientras la dirigencia se repartía cargos, contratos y beneficios.

Giano representa esa política que nunca se va del todo. Cambia de cargo, cambia de discurso, cambia de enemigo, pero siempre está cerca del presupuesto. Ayer fue funcionario. Después legislador. Después presidente de Cámara. Después asesor. Ahora vuelve como crítico severo de una gestión municipal.

Pero antes de preguntar qué hizo Azcué, los entrerrianos tienen derecho a preguntarle a Giano qué hizo él cuando tuvo poder.

¿Qué hizo mientras la Legislatura se convertía en símbolo nacional del escándalo de los contratos? ¿Qué controles impulsó?
¿Qué denunció?¿Qué explicó sobre el ingreso privilegiado de familiares del poder? ¿Qué autoridad moral tiene para hablar de administración pública después de admitir que designó a los hijos de Bahl?

La política entrerriana necesita memoria. Y la memoria dice que Giano no es la renovación, ni la reserva moral, ni el administrador ejemplar que pretende mostrarse en campaña. Es parte de una etapa que los entrerrianos ya padecieron.¿

Azcué TIENE errores, limitaciones y contradicciones. Pero eso no convierte a Giano en maestro de gestión. Al contrario: lo obliga a rendir cuentas antes de levantar el dedo acusador.

Porque el Estado no se defiende con discursos. Se defiende no usándolo como botín.

Y Giano, antes de dar clases, debería explicar su propia libreta.