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PERFIL de Adrián Fuertes, nuevo presidente de la liga de intendentes del PJ, el hombre que siempre cae parado

La asunción de Adrián Federico Fuertes al frente de la Liga de Intendentes del PJ vuelve a poner en primer plano a uno de los dirigentes más camaleónicos de la política entrerriana. No se trata de un recién llegado ni de una figura emergente. Se trata, por el contrario, de un sobreviviente de todos los ciclos: bustista, urribarrista, massista, aliado circunstancial de Cambiemos y finalmente reincorporado al peronismo, siempre con un objetivo intacto: conservar poder.

Fuertes fue diputado provincial en 2003 bajo el ala de Jorge Pedro Busti. Desde allí empezó a consolidar un perfil que luego trasladaría a Villaguay, su base política real. En 2007 disputó la intendencia por el bustismo frente al espacio de la histórica Lista 100 y derrotó a Sandra Sánchez, hija del exintendente fallecido y vice de ese esquema local. Esa victoria no fue menor: le permitió quedarse con la ciudad y transformarla en el núcleo de un liderazgo que, con distintas formas, se mantuvo durante más de dos décadas.

Pero el bustismo empezó a perder centralidad y Fuertes no tardó en leer el cambio de época. En 2011, ya reelegido como intendente, se alineó con Sergio Urribarri y pasó a ser uno de los dirigentes más activos del nuevo oficialismo. Fue uno de los abanderados del urribarrismo territorial: recorrió la provincia junto a Juan Pablo Aguilera y Mauro Urribarri, tentando dirigentes peronistas para sumarlos al nuevo esquema de poder. Cuando el urribarrismo todavía parecía invencible, Fuertes se mostró como uno de sus promotores más entusiastas.

Pero tampoco ahí se quedó. Cuando el ciclo de Urribarri empezó a desgastarse y el kirchnerismo entró en crisis, en 2014 pegó el salto al massismo. Empezó a construir por afuera de lo que todavía representaba Busti y se proyectó como candidato a gobernador de Entre Ríos por el Frente Renovador. Otra vez cambiaba de trinchera, esta vez con discurso opositor y vocación de protagonismo propio.

En 2015 protagonizó uno de los movimientos más reveladores de toda su carrera. Intentó meterse en la interna de Cambiemos y armó fórmula con Atilio Benedetti, yendo él como candidato a vicegobernador. La jugada mostraba hasta dónde estaba dispuesto a llegar con tal de no quedar encerrado en un espacio chico. Pero esa fórmula fue bajada por la conducción nacional del PRO: Rogelio Frigerio y Mauricio Macri apoyaban a Alfredo De Angeli y no querían PASO competitivas en Entre Ríos. Fuertes tuvo entonces que volver al massismo, ya con Massa debilitado y sin la expectativa que había tenido meses antes.

Aun así, hizo una elección fuerte. Con un discurso furiosamente opositor, sacó alrededor de veinte puntos y quedó instalado como un actor decisivo de aquella elección provincial. Allí se abrió una discusión que todavía sigue: si su candidatura terminó ayudando a Gustavo Bordet o si, por el contrario, fragmentó un voto opositor que podría haber favorecido a De Angeli. Hay quienes recuerdan incluso momentos de incertidumbre y recuentos extraños en aquella noche electoral. Lo concreto es que Fuertes obtuvo un caudal importante de votos en una elección muy ajustada y quedó en el centro de una disputa que terminó definiendo la gobernación.

Después vino otro de sus giros más llamativos. Tras esas aventuras abiertamente antiperonistas, volvió al peronismo. En la PASO nacional se encolumnó con Daniel Scioli, acaso también atravesado por el enojo que le había dejado su frustrado desembarco en Cambiemos. Y el regreso tuvo premio: Gustavo Bordet lo incorporó como ministro de Turismo. Es decir, después de haber sido candidato opositor y de haber intentado ser vice de Benedetti, terminó formando parte del gobierno peronista. Permaneció allí hasta 2017, en una gestión que dejó más cuestionamientos que logros.

Mientras tanto, en Villaguay nunca dejó de mandar del todo. Cuando no fue intendente, el poder municipal quedó en su círculo íntimo. Su esposa ocupó ese lugar, garantizando la continuidad de su estructura territorial. En otras palabras, Fuertes nunca se fue realmente de Villaguay: aun cuando cambiaba de rol o de camiseta en la provincia, su base seguía bajo control propio o familiar. Después fue candidato a senador en 2019 y volvió a competir por la intendencia en 2023, ratificando que su proyecto político nunca dejó de estar atado al dominio del territorio.

Por eso su llegada a la presidencia de la Liga de Intendentes del PJ tiene un valor político más profundo que un simple nombramiento institucional. No expresa la consolidación de un dirigente doctrinario ni la aparición de un conductor partidario tradicional. Expresa, más bien, la consagración de un dirigente profesional del poder, alguien que ha logrado atravesar todos los oficialismos, todas las crisis y todas las mutaciones del peronismo entrerriano sin desaparecer nunca del mapa.

Fuertes es, en ese sentido, un símbolo bastante preciso de una época. Fue bustista cuando mandaba Busti, urribarrista cuando el poder era de Urribarri, massista cuando Massa ofrecía una salida, intentó entrar a Cambiemos cuando creyó ver allí una oportunidad, volvió al massismo cuando lo bajaron y regresó finalmente al peronismo cuando la puerta se reabrió. No se lo puede leer desde la coherencia ideológica sino desde la lógica de la supervivencia política.

Y acaso allí esté la clave de su vigencia. Adrián Fuertes no representa una línea. Representa una habilidad: la de adaptarse, reciclarse y seguir. Ahora, desde la presidencia de la Liga de Intendentes del PJ, vuelve a presentarse como un hombre central del peronismo entrerriano. Su historia, sin embargo, dice algo más crudo: que antes que jefe doctrinario o referente de una causa, Fuertes ha sido, durante más de veinte años, el dirigente que mejor entendió cómo cambiar sin caerse.