En Concordia, un adolescente terminó inconsciente, con traumatismo de cráneo, heridas en el rostro y pérdida de piezas dentales después de chocar con su moto contra una camioneta. Pero el episodio no quedó reducido a un siniestro vial. Una vez atendido, el joven denunció que había sido agredido por policías motorizados que lo perseguían antes del impacto. Ahí es donde el hecho deja de ser un accidente y pasa a convertirse en un nuevo capítulo de una discusión mucho más profunda: el modo en que actúa la Policía de Entre Ríos y el intento permanente del poder político de tapar esa realidad con propaganda.

No es un hecho aislado. En Gualeguay, dos policías fueron imputados por robos en la zona de chacras y el propio Néstor Roncaglia tuvo que salir a pedir disculpas públicamente por el “accionar nefasto” de esos efectivos. Después vinieron cambios de autoridades y reacomodamientos internos, una señal clara de que el problema no era menor ni inventado por la oposición: era real, era grave y golpeó de lleno a la credibilidad de la Policía de Entre Ríos. Los policias muy vinculados al FISCAL GAMAL TALEB siguen sin condena y no se dejo investigar las responsabilidades del uso de patrullero y la posicion policial para los robos.
A eso se suma una crisis interna que ya no se puede maquillar con reels ni discursos de orden. Cinco policías se quitaron la vida en un año en Entre Ríos, según coberturas periodísticas relevadas por Uno, y la propia fuerza salió a hablar públicamente de la preocupación por la salud mental. Cuando una institución convive con suicidios, desgaste, malestar y deterioro interno, el problema ya dejó de ser operativo: es estructural.
Por eso el problema no es sólo policial. Es político. En menos de dos años de gestión, la Policía de Entre Ríos acumuló denuncias por violencia, escándalos delictivos protagonizados por sus propios agentes, cambios de conducción y una crisis humana que nadie logra encauzar. Sin embargo, el gobierno de Rogelio Frigerio sigue vendiendo seguridad como si alcanzaran la puesta en escena y el marketing. Frigerio vende relato; Roncaglia administra el deterioro. Mucha foto, mucho uniforme, mucho video. Pero la realidad, otra vez, va por otro lado.





















