La Caldera

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Crece la ola de violencia en Paraná mientras la FAMILIA REAL veranea en BARILOCHE

Es impresionante cómo, en el último tiempo y de manera significativa, ha crecido la violencia en la ciudad de Paraná. Violencia en la calle. Violencia en las playas. Violencia en los espacios públicos. Una escalada que ya no se puede tapar con relatos, anuncios, fotos ni puestas en escena.

Los hechos se multiplican y configuran un cuadro alarmante: tiroteos en barrios, abuso de armas, episodios donde menores aparecen involucrados y una sensación colectiva de que la ciudad está entrando en una etapa peligrosa de normalización de la violencia. No es una discusión de “sensaciones”: es la realidad que se vive y se comenta en cada esquina. La inseguridad crece cuando el Estado se retira.

Una ciudad abandonada y un malestar que explota

Paraná hoy transmite abandono. La gente pasa 2, 3, 4, 5 y hasta 6 días —y a veces semanas— sin agua. Los pozos se multiplican, la ciudad queda sin mantenimiento, y los vecinos conviven con mosquitos, maleza, suciedad y falta de respuestas. Ese deterioro cotidiano va generando una olla a presión: bronca, frustración, hartazgo.

Y esa bronca se ve. Se lee. Se mide. Está en las redes sociales, en los comentarios, en la reacción directa que reciben las cuentas oficiales y las de los propios funcionarios. Hay publicaciones que terminan siendo un plebiscito: la gente responde, cuestiona, reclama. Incluso en los entornos más cercanos al poder: en los comentarios de redes vinculadas a la gestión, la desaprobación se vuelve abrumadora, con una relación que muchos describen como “80 a 20 en contra”. No es un detalle: es un síntoma.

La política de la foto frente a la realidad de los tiros

Mientras la ciudad intenta convivir con la violencia —y con el deterioro básico de los servicios—, desde la conducción municipal parece primar otra agenda: cómo se arma para el 27, cómo se sale en la foto, cómo se anuncia algo todos los días para sostener una narrativa.

Pero la gestión está abandonada. Y cuando se instala en la opinión pública que la presidenta municipal está más pendiente de la campaña que de la ciudad —e incluso cuando circula que veranea en Bariloche mientras Paraná atraviesa esta situación— el problema ya no es solo de comunicación: es de prioridades. Porque en política hay algo que no se negocia: cuando la ciudad arde, la conducción tiene que estar. Al frente. Trabajando. Dando la cara.

Paraná necesita gobierno, no marketing

La violencia no se combate con posteos. La inseguridad no se reduce con slogans. Los barrios no se ordenan con “storytelling”. Y el malestar social no se contiene con anuncios que no se traducen en soluciones.

Lo que hoy se ve en Paraná es una creciente ola de violencia en una ciudad que se siente abandonada. Y cuando el Estado no ordena, otros ordenan. Cuando el Estado no está, la calle impone reglas. Y cuando la política se dedica a la campaña permanente, la realidad se vuelve ingobernable.

Los tiros no se apagan con flashes.
Y los vecinos ya lo saben.