La foto fue el detonante. No porque explique por sí sola el conflicto, sino porque volvió a exponer una pelea vieja, profunda y nunca saldada dentro del peronismo entrerriano: la de Domingo Daniel Rossi contra el peronismo de estructura.
Esa distancia no empezó ayer. Tampoco en 2023. Empezó, en rigor, después de haber sido vicegobernador de Jorge Busti entre 1987 y 1991. Ya desde 1991 Rossi empezó a despegarse del aparato, y muchos todavía recuerdan que fue un actor decisivo en la construcción que terminó llevando a Mario Moine a la gobernación.
La ruptura se profundizó en 1995 y desde 2003 en adelante la tensión fue permanente. Rossi convivió con el PJ, con acuerdos electorales o internas con boleta corta, pero nunca fue parte del dispositivo de poder que ordenó candidaturas, gobierno y estructura desde Paraná.
Por eso cada vez que aparece, incomoda.
Lo toleraron cuando no tuvieron otra. Lo usaron cuando convenía. Pero nunca dejaron de verlo como un dirigente fuera de control. Incluso en 2023, cuando tuvo que ir a la interna y ganarla, volvió a quedar claro que su lugar dentro del PJ nunca fue cómodo.
La historia reciente confirma esa línea. Como intendente desde 2003, Rossi mantuvo una relación de confrontación con los distintos ciclos del poder peronista: bustismo, urribarrismo y bordetismo. No fue parte orgánica de ninguno. Siempre jugó en tensión.
Y esa tensión no es solo política. También es comunicacional.
Porque alrededor del PJ de Paraná funciona desde hace años una verdadera usina de prensa y sentido político, con terminales claras en el oficialismo municipal, en la narrativa que empuja Rosario Romero y en la amplificación que ofrecen medios y espacios vinculados al poder paranaense, incluida la FM municipal. Desde ahí también se construyen climas, se marcan enemigos, se ordenan silencios y se busca encuadrar a quienes no entran en la lógica de la estructura.
En ese esquema, Rossi aparece desde hace mucho como una figura incómoda. No solo porque discute dirigentes o candidaturas, sino porque cuestiona el modo en que el peronismo estructural administró durante años el poder, el partido y su relación con el Estado.
En sus propias palabras, Rossi reivindica un perfil que se corre del aparato y se planta desde la gestión: habla de un “peronismo transformador”, de haber levantado una ciudad “de la ceniza”, de crecimiento, inversión municipal y autonomía política. Y al mismo tiempo marca una línea clara: no formar parte de los grupos que durante años quedaron asociados al uso oscuro del poder.
Ahí está el núcleo del conflicto.
Porque de un lado hay un dirigente que construye identidad en base a gestión, autonomía y confrontación.
Y del otro, un peronismo de estructura, con base en Paraná, aparato, voceros, mesas chicas y una maquinaria política y comunicacional aceitada para disciplinar, aislar o desacreditar al que rompe el libreto.
Por eso la foto pegó tanto.
No por lo que muestra, sino por lo que recuerda: que Rossi lleva más de treinta años en tensión con el aparato del PJ. Y que del otro lado sigue activo un sistema político y comunicacional dispuesto a encuadrarlo, desgastarlo o reducirlo cada vez que asoma con fuerza.
La foto no abrió nada nuevo. Solo volvió a encender lo que sigue vivo: la interna histórica del peronismo entrerriano.
























