Lo que ocurre en la Banda Municipal ya no puede leerse como un simple conflicto interno ni como una disputa menor entre músicos y autoridades. Lo que está a la vista es otra expresión del desorden político que atraviesa a la gestión de Isa Castagnino, una administración cada vez más condicionada por internas, nombramientos discutidos y decisiones que parecen responder menos a criterios de gobierno que a la lógica de un armado ajeno a las necesidades reales de Victoria. La propia línea editorial reciente de La Caldera viene describiendo a Castagnino como una figura impuesta por Laura Stratta y atrapada en un esquema de poder “cerrado sobre sí mismo”, más atento a la supervivencia política del clan que a una conducción eficaz del municipio.
En ese escenario, la Banda Municipal funciona como una radiografía perfecta: donde debería haber orden, criterio y autoridad, hay interferencias, disputas y una sensación cada vez más extendida de que nadie termina decidiendo de verdad. La crisis no solo revela problemas de gestión; deja al descubierto una jefatura debilitada, incapaz de poner límites, ordenar equipos y sostener una línea de mando clara en áreas sensibles de la administración. Esa imagen de fragilidad política ya había sido señalada por La Caldera en otras notas sobre Victoria, donde describió a la intendenta como una dirigente “sin gabinete, sin mayoría y sin rumbo”.
Las críticas también vuelven sobre Luisina Menescardi, secretaria de Gobierno, cuyo nombre ya apareció en artículos del sitio vinculada a una actuación “deslucida” y a una pérdida de control en áreas que inicialmente concentraba, al punto de que asumio renunciando a la concejalia y debió desdoblarse la cartera y quitarle Hacienda porque no podia hacerse cargo de la cartera que ya habian manejado un perito mercantil y un mecanico con los mismos claroscuros que seguramente tendra el actual estudiante eterno de Cs. Economicas de apellido Matiu. Graciela Bar habría pesado para ubicar a su entorno en cargos sensibles de la gestión Castagnino, específicamente Menescardi es su nuera elemento que reemplazo la “falta de experiencia real”.
Por eso, lo de la Banda no aparece como un episodio aislado. Aparece como el resultado lógico de una estructura política en la que la sombra de Stratta, el peso de Graciela Bar y los acomodos del entorno terminan incidiendo sobre decisiones que deberían ser estrictamente administrativas. Cuando una gestión empieza a funcionar bajo tutela, con nombres puestos por pertenencia y no por capacidad, los conflictos dejan de ser excepciones: pasan a ser parte del mecanismo. Y lo que hoy explota en la Banda Municipal mañana puede volver a estallar en cualquier otra dependencia.
La Banda Municipal, entonces, no es solamente un problema cultural. Es un síntoma político. Es la prueba visible de una gestión donde la intendenta parece gobernar con otros encima, donde los funcionarios cuestionados siguen acumulando desgaste y donde la conducción real se diluye entre influencias, parentescos, compromisos y lealtades cruzadas. En vez de armonía, lo que suena es el ruido de una administración desafinada. Y cuando una intendenta ya no logra ordenar ni siquiera la Banda, lo que queda en evidencia no es un problema artístico: es una crisis de poder.






















