La Caldera

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Fuertes y el peronismo a la entrerriana: la pyme familiar del PJ

Adrián Fuertes volvió de China y aterrizó en Villaguay con una consigna que parece nueva, pero tiene olor a baúl viejo: el “peronismo a la entrerriana”. Una frase prolija, amable, marketinera, de esas que suenan a renovación hasta que uno mira quiénes la pronuncian, desde dónde la pronuncian y para qué la pronuncian.

Porque el problema no es que el peronismo entrerriano quiera discutir su futuro. El problema es que algunos de los que dicen venir a oxigenarlo son los mismos que llevan décadas respirando del mismo tubo del Estado.

Fuertes quiere presentarse como armador territorial, como intendente práctico, como dirigente que habla desde el interior profundo contra el dedo porteño. En Villaguay, durante el encuentro de intendentes y concejales justicialistas, dijo que el “peronismo a la entrerriana” significa que nadie de afuera de Entre Ríos vendrá a poner candidatos. La frase es linda. El problema es que la biografía política del propio Fuertes la desmiente.

En 2014, cuando le convenía despegarse de Urribarri, Fuertes cruzó a Tigre y se subió al Frente Renovador de Sergio Massa. No fue una construcción espontánea desde las juntas de gobierno ni desde los barrios de Villaguay: fue un salto nacional, con foto nacional, jefe nacional y sello nacional. Después volvió a acomodarse en el peronismo provincial, fue ministro de Turismo de Gustavo Bordet, senador, intendente otra vez y ahora presidente de la Liga de Intendentes del PJ. Es decir: contra el dedo, pero siempre cerca de alguna lapicera.

La contradicción se agranda cuando se mira el viaje a China. Fuertes, junto a Rosario Romero, fue a buscar alternativas de financiamiento y tecnología para obra pública ante el corte de recursos nacionales. Nada de eso es objetable en sí mismo. Un intendente tiene que buscar soluciones. Pero resulta curioso que el dirigente que vuelve hablando de “peronismo a la entrerriana” haya ido a buscar el futuro al otro lado del mundo, mientras acá propone una fórmula política que parece salida de una vieja servilleta del PJ.

Porque esta idea de armar una especie de PJ sin escudo, una pyme electoral al estilo cordobés, con intendentes, concejales, vecinalistas, algunos gremios, algo de gestión y mucho pragmatismo, no es nueva. Es la vieja ilusión de hacer peronismo sin cargar con el peronismo. Una idea que en Entre Ríos ya tuvo promotores, nostalgias y ensayos: sacarle el escudo, cambiarle el envase, hablar de gestión, ponerle tonada local y seguir administrando el mismo Estado.

Ahí aparece el verdadero problema. El “peronismo a la entrerriana” no parece una discusión ideológica, sino una estrategia de supervivencia. Una manera elegante de decir: no queremos que nos ordenen desde Buenos Aires, porque queremos ordenarnos nosotros; no queremos que nos pongan candidatos de afuera, porque queremos ponerlos desde adentro; no queremos pagar el costo del viejo PJ, pero tampoco queremos perder los beneficios del viejo poder.

Villaguay es el laboratorio perfecto de esa contradicción. Fuertes habla de renovación, pero el peronismo gobierna la ciudad desde 2003. Pasaron su padre, su propia gestión, su armado, su regreso. Ahora incluso se analiza si puede o no ir por otro mandato bajo una interpretación legal discutible. Entonces la pregunta cae sola: ¿cuánto cambio puede representar un dirigente que lleva media vida entrando y saliendo de cargos públicos?

El fondo de la cuestión es más profundo que Fuertes. Entre Ríos quedó atrapada en una arquitectura política posterior a la Constitución de 2008 que prometió autonomía, controles, organismos modernos, transparencia y equilibrio institucional. Pero, en la práctica, buena parte de ese sistema terminó parcelado por la política. Organismos que debían controlar se volvieron lentos, inofensivos, burocráticos o directamente funcionales al poder de turno. La Constitución imaginó contrapesos; la política encontró la forma de repartirlos.

El Tribunal de Cuentas, la Fiscalía de Estado, los organismos de control, las cajas, los entes, las empresas, los institutos: todo eso debía formar parte de un Estado más moderno. Pero demasiadas veces terminó siendo parte de un Estado capturado, donde cada sector busca su parcela, su vocalía, su dirección, su caja, su contrato, su retiro, su protección.

Por eso el discurso de Fuertes suena tan contradictorio. Habla de construir desde abajo, pero el modelo real sigue siendo conservar desde arriba. Habla de federalismo entrerriano, pero su historia política pasó por Urribarri, Massa, Bordet, Cristina, Córdoba y ahora China. Habla de renovación, pero su proyecto electoral parece más preocupado por retener Villaguay que por transformar Entre Ríos.

El “peronismo a la entrerriana” podría ser una idea interesante si significara discutir en serio cómo se desarma el Estado parcelado, cómo se recuperan los organismos de control, cómo se termina con los feudos municipales, cómo se transparenta la obra pública, cómo se eligen candidatos sin dedo y cómo se gobierna sin usar al Estado como garantía de continuidad política.

Pero si solo significa armar una marca blanca del PJ para zafar del desprestigio del escudo, entonces no es renovación. Es packaging.

Fuertes no fue a China a buscar el peronismo del futuro. Fue a buscar financiamiento. El peronismo del futuro, si existe, lo tiene que buscar acá: en los sueldos bajos, en la Caja quebrada, en los organismos de control que no controlan, en los municipios usados como refugio político y en una provincia que desde 2008 se llenó de instituciones formales pero sigue con prácticas de almacén.

La pregunta para Villaguay, y para todo el PJ entrerriano, es simple: ¿quieren construir un peronismo nuevo o apenas una pyme electoral para seguir viviendo del Estado?