La Caldera

POLITICA – ECONOMIA – DEPORTES

Miden al «Guri» MARTINEZ, C. WERNER Y Nicolas BLANCO para que COMO CRISTIAN BELLO Y BERTOLI ingresen a la politica

Cuando la política entrerriana empieza a testear pilotos, conductores y periodistas como supuestas figuras “nuevas”, no está mostrando renovación: está confesando agotamiento. Detrás de la encuesta que pone a Nicolás Blanco, Mariano Werner y Omar “Gurí” Martínez entre los nombres sondeados en Paraná, aparece un mecanismo viejo: usar rostros conocidos, prestigio prestado y cercanía mediática para lavar la imagen de un sistema que ya no entusiasma a nadie.

La novedad no es que en Paraná circulen nombres por fuera de la grilla partidaria. La verdadera novedad es que se los quiera vender como “outsiders”. Porque ni el automovilismo entrerriano vive en una cápsula ajena al poder, ni ciertos periodistas que hoy orbitan la estructura oficial pueden ser presentados seriamente como una irrupción antisistema. La encuesta difundida en estos días no revela una primavera de la política. Revela, más bien, una crisis de representación tan evidente que obliga a buscar candidatos en la góndola del espectáculo, el deporte y la comunicación.

En ese lote aparecen Mariano Werner y el Gurí Martínez. Nadie discute su nivel de conocimiento, ni su potencia simbólica en Paraná y en Entre Ríos. Pero una cosa es tener popularidad social y otra muy distinta ser ajeno al engranaje político. Rogelio Frigerio recibió públicamente a Werner en 2024 para hablar de la posibilidad de sumar fechas del automovilismo nacional en la provincia. Ese mismo año, el Gurí asumió la presidencia del Club de Volantes Entrerrianos en un acto del que participaron Frigerio, Rosario Romero y el propio Werner, en el marco del regreso del Turismo Carretera al autódromo de Paraná. Es decir: no estamos ante figuras “de afuera”, sino ante nombres con interlocución directa, visibilidad institucional y utilidad política.

Y ahí está el punto. El automovilismo, en Entre Ríos, hace tiempo dejó de ser solo un deporte. Es también un lenguaje de pertenencia, un territorio de identificación popular y una plataforma ideal para que la política se arrime a la sociedad sin mostrar la cara más deteriorada de sus dirigentes. El piloto exitoso transmite esfuerzo, disciplina, competencia, prestigio y cercanía. Todo lo que hoy escasea en la política profesional. Por eso lo miden. No porque represente una ruptura verdadera, sino porque presta atributos positivos a un sistema que los perdió.

Lo mismo vale para el costado mediático de esta operación. El nombre de Nicolás Blanco no aparece en ese sondeo por generación espontánea. Su valor no radica en una construcción militante ni en una trayectoria partidaria explícita, sino en otro tipo de activo: conocimiento público, circulación en medios y cercanía con la comunicación oficial. Eso no lo convierte automáticamente en candidato, pero sí lo vuelve funcional como figura testeable: alguien que puede ser presentado como “nuevo” aunque no lo sea tanto, alguien que puede parecer fresco sin ser verdaderamente independiente. En tiempos de fatiga política, eso cotiza.

La comparación con Cristian Bello, además, no es caprichosa. Bello también fue durante años un nombre asociado al periodismo y más tarde tuvo una experiencia política concreta, con paso por el Parlasur y vínculos públicos con el kirchnerismo de entonces. No era un marciano caído del cielo: era un perfil mediático con capacidad de migrar al terreno electoral. Y eso es exactamente lo que vuelve verosímil la sospecha actual: que ciertos nombres no son medidos para saber si “la gente pide otra cosa”, sino para saber qué envase nuevo puede ponerse sobre una estructura vieja.

Conviene decirlo sin vueltas: cuando el poder empieza a medir pilotos, periodistas o celebridades locales, no necesariamente está buscando renovación. Muchas veces está buscando cobertura. Busca una cara menos gastada, menos contaminada, menos asociada a las internas, a la rosca, al desgaste de gestión. Busca un atajo emocional. En lugar de discutir ideas, modelos de ciudad o responsabilidades de gobierno, se testea qué nombre cae simpático, quién genera menos rechazo, quién puede entrar por la ventana del prestigio social.

Eso no significa que Werner o el Gurí no tengan capital propio. Lo tienen. Tampoco significa que un periodista no pueda dar el salto a la política. Puede. El problema es otro: la maniobra de presentar como “outsider” a personas que hace años conviven, negocian, circulan o colaboran con el sistema de poder. Ahí está el truco. No se está midiendo una rebeldía popular contra la política. Se está ensayando una operación de marketing para reciclarla.

Paraná, en ese sentido, ofrece una postal bastante nítida. La política tradicional está golpeada, desgastada y sin demasiada épica. Entonces busca prestarse legitimidad de otros mundos: el deporte, los medios, la fama local. Ya no convence por programa, por gestión o por liderazgo. Intenta seducir por asociación. Un piloto ganador. Un periodista conocido. Una cara amable. Un nombre que no huela, en primera instancia, a despacho, expediente o acomodo.

Pero la encuesta también delata otra cosa: el miedo del poder a medirse con sus propios cuadros. Si para explorar una candidatura hay que mirar hacia el autódromo, hacia la pantalla o hacia la radio, es porque la cantera política propia no enamora ni ordena. Y eso no habla bien del sistema. Habla de su vaciamiento.

La conclusión es bastante simple. En Paraná no están midiendo outsiders. Están midiendo disfraces. Están probando cuánto rinde una cara conocida cuando se la despega, aunque sea artificialmente, del barro político. Y detrás de esa maniobra no hay ninguna revolución democrática. Hay apenas una vieja costumbre de la política provincial: cambiar de envase para que nadie pregunte qué hay adentro.