La Caldera

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Villa Busti: Concordia, capital nacional de la corrupción peronista

El nuevo ranking de pobreza no sólo volvió a dejar a Concordia en la cima de la vergüenza social. También reabrió una pregunta más incómoda: cómo una ciudad que supo ser pujante terminó convertida en emblema simultáneo de pobreza estructural, clientelismo y protección judicial del poder.

BUSTI, URRIBARRI, BORDET, LOS CRESTO, GIANO son apellidos que podrian explicar el dato de la nota:

El dato es brutal. Mientras la pobreza nacional bajó al 28,2% en el segundo semestre de 2025, Concordia quedó otra vez primera en el ranking argentino: 49,9% de pobres, 13,6% de indigencia y 83.268 personas bajo la línea de pobreza. Es decir, casi uno de cada dos concordienses sigue atrapado en una ciudad que, aun cuando el promedio nacional mejora, no logra salir del pozo.

Eso no puede explicarse sólo por la coyuntura económica nacional. Concordia arrastra una degradación mucho más vieja. Fue una ciudad comercial, dinámica y de empuje regional, pero décadas de peronismo territorial la fueron transformando en otra cosa: una estructura de dependencia, administración de la miseria y domesticación política de la pobreza. La CONSIGNA Villa Busti, convertida ya no en un nombre barrial sino en una metáfora de ciudad arrasada: una ciudad donde el poder hizo pie sobre la necesidad y después convirtió esa necesidad en sistema. La propia historia oficial y regional recuerda que la construcción de Salto Grande alteró profundamente el desarrollo urbano y social de Concordia y dio lugar a relocalizaciones y expansión periférica que marcaron su fisonomía contemporánea.

Pero el problema ya no es sólo social. Es judicial. Un artículo reciente de Diario Junio puso otra vez el foco sobre una causa por presunto enriquecimiento ilícito del ex poder provincial y denunció que, tras dos años, no hay información pública relevante sobre avances concretos. El texto apunta a una combinación de demoras, silencio y parálisis que alimenta una percepción cada vez más extendida en Entre Ríos: que cuando el expediente roza al poder real, la Justicia se vuelve lenta, opaca y selectiva.

La megacausa de los contratos truchos muestra exactamente esa fractura. Según publicó Análisis, la primera etapa apuntó sobre todo a las capas administrativas y operativas del esquema y dejó afuera, en ese tramo, a las responsabilidades políticas superiores. Recién en noviembre de 2025 se abrió una segunda investigación para avanzar sobre esas responsabilidades políticas por un desfalco que el medio estimó en más de 53 millones de dólares entre 2008 y 2018. Al mismo tiempo, las audiencias de remisión a juicio de la primera etapa empezaron en 2025 y luego quedaron detenidas a mitad de año.

Ahí aparece el núcleo del escándalo. En Concordia y en Entre Ríos, el ciudadano común ve que un empleado menor puede ser sumariado por cobros indebidos en el cementerio municipal, o que un ladrón de placas y cruces de nichos termina detenido, mientras los grandes circuitos de saqueo estatal atraviesan años de expedientes, derivaciones y silencios sin una rendición proporcional a la magnitud del daño. La diferencia entre la velocidad con que cae el perejil y la parsimonia con que se protege al poderoso es, en sí misma, una forma de mensaje político.

Por eso Concordia no puede leerse sólo como la capital nacional de la pobreza. Empieza a parecerse demasiado a la capital nacional de la corrupción impune. Porque cuando una ciudad permanece años en la cima del ranking de pobreza, y al mismo tiempo las causas que rozan al poder estructural no llegan al hueso, la conclusión política es inevitable: no hubo sólo mala gestión; hubo un modelo. Un modelo que empobreció por abajo y cubrió por arriba. Un modelo que convirtió al histórico “bastión peronista” en otra cosa: la vidriera del fracaso de un régimen que ya no puede exhibir justicia social y apenas conserva reflejos de autoprotección.

Villa Busti, entonces, no es apenas un barrio ni una consigna. Es el nombre político de una época. La época en la que Concordia dejó de ser una ciudad con futuro para transformarse en un territorio administrado por la pobreza y blindado por la impunidad. Y cuando una dirigencia logra eso, ya no puede pedir respeto por su historia: tiene que rendir cuentas por su desastre.